Sentirse tonto una vez al año
Sentirse tonto una vez al año
Dicen que sentirse tonto periódicamente no es malo, porque la sensación de verte incapaz de comprender algunas cosas sería una prueba de inteligencia. Limitada, supongo, pero inteligencia al fin y al cabo. Resumiéndolo al estilo de las clases de filosofía y como decía Platón sobre Sócrates, a mí también me pasa a veces que mi única certeza es mi ignorancia total. Sólo sé que no sé nada, etcétera. Y eso es lo que me sucede más o menos por esta época del año cuando se hacen públicos los datos de las audiencias televisivas y los Presupuestos Generales del Estado. Ustedes disimulen, pero cada vez que intento comprender estas cifras acabo sumido en un piélago de insondables incertidumbres. Por ejemplo, ¿cómo es posible que todos los informativos de todas las cadenas sean líderes indiscutibles de audiencia, todos a la vez, en la misma franja horaria? Sin duda es algo que a los de letras se nos escapa, como una luna derramada sobre un rompeolas en una noche de verano: tan fascinante como inaprensible. Ahora bien, lo que ya riza el rizo de la anulación del raciocinio es el modo en que un mismo presupuesto puede obtener juicios de valor tan dispares. No falla. Y aunque el fenómeno se repite todos los años, sigo fascinado ante la divergencia de opiniones que una misma cantidad puede provocar en los diferentes atriles de las diferentes sedes políticas. Y yo, que soy de letras, tiendo a pensar que donde no llega la matemática o la contabilidad llega la estrategia partidista. Porque lo que no es normal es que ante una misma cantidad de euros, unos vean una apuesta firme y decidida por los compromisos infraestructurales de un gobierno con una provincia, mientras que otros no ven más que la famosa deposición de Enrique el Nano en mitad de Puerta Purchena. Y da igual el gobierno que sea, y el dinero que sea o los cálculos que se hagan. Dentro de unas semanas, cuando se presenten otros presupuestos tendremos más de lo mismo, pero justo al revés.