El amor a la tierra
El amor a la tierra
No son pocos los adivinadores que dicen que. tras la crisis, ya nada será igual y en consecuencia te aconsejan vivir como nuestros antepasados. Un replanteamiento que tal vez sea útil si, como dice el Gobierno, debemos fomentar el hábito del ahorro en la placenta de la ascética austeridad. Así, por ejemplo, en tiempos en que sube la luz la gente pobre debería volver al candil; la solución del coche o la moto se debería posponer otra vez ante el confort de la carreta de bueyes, y ya en el colmo del despilfarro, hay que practicar el deporte del senderismo cuando desde el pueblo tengamos que venir a la ciudad en busca de un fármaco o a pagar una multa. Entre las clases que sufren la crisis sin tener culpa se está extendiendo la zorrería filosófica de cualquier tiempo pasado fue mejor y que fueron nuestros abuelos quienes mejor supieron vivir. Como pasa siempre coexisten dos líneas de interpretación, la bucólica que aún cree ser válida la vida pastoril cantada por nuestros clásicos, y la codiciosa propugnada por los ricos a la espera de otro boom de la construcción. Todo ello adobado con el aliciente sentimental del amor a la tierra y a la sombra del mito de que allí no llega el apocalipsis. Soy de pueblo. No me olvidaré de las compensaciones existenciales que propicia vivir en una aldea, sobre todo en lo que se refiere al mundo de la infancia y adolescencia. Pero tampoco debemos caer en la utopía de que allÍ desaparece completamente el conflicto social y el impulso barojiano de la lucha por la vida. A ello se debe sin duda que nuestros círculos políticos, sobre todo en los pequeños ayuntamientos, anden casi siempre a la greña por los sueldos y otras sinecuras El poder es el poder lo atraviese un monte o un río de piedra. Lo cante un poeta o el pito del alguacil.