La Voz de Almeria

Opinión

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A mediados del S. XVIII el escritor José Cadalso popularizó en España el concepto de “eruditos a la violeta” para señalar a los intelectuales y rapsodas de salón que, aparentando un vasto campo de conocimientos, en el fondo eran bastante borricos. Y algo de esa ignorancia pudo verse la otra mañana en Puerta Purchena en la manifestación que conmemoraba el aniversario de la proclamación de la II República, cuando los participantes anudaron la bandera tricolor sobre la escultura del almeriense Nicolás Salmerón, presidente de la I República, dejando al pobre como a un San Pancracio ciñéndose los revólveres de Clint Eastwood. Pero el disparate no era sólo estético sino, especialmente, histórico. Y eso es más grave en una concentración memorialista en donde el paso y el peso de los hechos históricos aparecen como elementos aglutinadores. Lo diremos de nuevo aunque sin esperanzas de éxito: el señor Salmerón nunca fue militante del PSOE, ni de IU, ni ecologista, ni indignado, ni escracheador, ni tampoco enarboló jamás la bandera con la franja violeta con la que tan irrespetuosamente envolvieron su efigie. La bandera de la República que el admirable humanista renunció a presidir por razones de conciencia jamás lució una franja morada, sino las mismas rojigualdas instauradas por Carlos III en 1785 para la Marina. Y esto no es una opinión, sino un hecho. Que algo así de simple sea desconocido -o voluntariamente ignorado- por los manifestantes almerienses creo que cartografía a la perfección el rigor, la seriedad y el alcance de su legítima reivindicación. Distingamos, por tanto, entre republicanos y republicanos a la violeta.


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