La batalla de Argel
Tenemos que cambiar el chip, derrochar consciencia cultural y abrir al máximo la mente

Cuando mi hijo mayor encuentra un hueco, me gusta desayunar con él en la Cafetería Central de la UAL; al llegar allí, aprovecho para intercambiar las últimas novedades con Fernando, en quien parece que los años no pasan, para después desayunar en la terraza con vistas al mar, un verdadero privilegio.
Después de despedirme de mi hijo, camino tranquilamente por el ajetreado Campus. Entonces, invariablemente me vienen los recuerdos del viejo Colegio Universitario de Almería, la institución educativa madre de la actual Universidad, donde iniciamos nuestros estudios muchos almerienses antes de terminar recalando en Granada.
Era un centro educativo modesto en sus dimensiones, aunque no tanto académicamente. Pero por motivos de tamaño se producían maridajes curriculares un tanto extraños; y así se dio la circunstancia de que los estudiantes relacionados con el inglés podíamos acceder a una asignatura optativa de estudios árabes, en lugar del alemán que hubiera sido el complemento lógico.
Pero al pequeño grupo que optamos por acercarnos a las lenguas semíticas no nos importó. De hecho, se podría decir que quedamos totalmente enganchados. En mi caso particular a mí me interesó especialmente todo lo relacionado con el Norte de África, porque ya venía influenciado por un profesor barcelonés que me había convencido, mapa en mano, que el hinterland de Almería era el Magreb.
Tras aquellas experiencia, la necesidad de mantenerme al día en otras áreas de conocimiento me hizo no poder profundizar en el acercamiento a esa zona geográfica. A pesar de ello, siempre he mantenido un ojo sobre el devenir de las relaciones políticas y económicas entre nuestra tierra y los vecinos del Sur. Aunque profesionalmente mi bagaje estuviera orientado al Norte, no se me ha ido nunca de la cabeza la imagen de mi profesor enseñándome que tenemos más cerca a los vecinos meridionales que a los septentrionales.
Por ello, cuando he tenido que mantener relaciones comerciales con países del Magreb, siempre he procurado utilizar cierta consciencia cultural. Y cuando me he visto en situaciones realmente comprometidas, que alguna ha habido, he pedido asesoramiento a los compañeros de la Universidad de Granada buenos conocedores del mundo islámico en general y del Magreb en particular.
Porque, como sabe cualquiera que haya despachado un contenedor a Argel, o pasado un simple control de pasaportes en Farhana, el marco de relaciones en esos países cambia mucho y no se puede funcionar con las claves con las que nos relacionamos con nuestros socios europeos o con los anglosajones. En este sentido, cuando me ha tocado trasladar mi experiencia en alguna sesión formativa, siempre he insistido en el hecho de que, fuera del marco de la Unión Europea en primer lugar, y especialmente si lo hacemos fuera del paraguas de la OCDE, tenemos que cambiar el chip, derrochar consciencia cultural y abrir al máximo la mente.
Lamentablemente, en mi opinión llevamos un tiempo en el que en la gestión de nuestras relaciones con el Magreb nos faltan tanto pericia como esa consciencia cultural. Y eso, aunque estoy de acuerdo con quienes defienden que nos hemos visto inmersos en un cambio geopolítico de primera magnitud cuyos efectos en el Mediterráneo nos han descolocado por lo que ahora toca recomponer nuestro papel.
Pero, como ya he manifestado en estas páginas, la forma de hacerlo ha sido manifiestamente mejorable, por utilizar una expresión suave. Abandonar por segunda vez al pueblo saharaui, contrariar una posición de país más o menos consensuada durante cuatro décadas, ningunear la voluntad del pueblo español y enfrentarnos a la mayor potencia militar del Magreb la vez que nuestro segundo socio comercial en África comprometiendo el suministro energético, merece no solo más explicaciones, sino también mucho más saber hacer diplomático. En el caso de la provincia de Almería, aunque estadísticamente parezca que nuestros intercambios con Argelia se limitan a un solo sector, lo cierto es que nuestros intereses con dicho país van mucho más allá.
Para remate, nuestros responsables políticos no han mostrado la más mínima empatía con la realidad argelina a la hora de enfrentarse a las consecuencias de su decisión. Muchos nos revolvíamos en nuestros asientos cuando escuchábamos en la televisión a las máximas autoridades de nuestra diplomacia dirigiéndose a las autoridades argelinas con expresiones propias de una charla entre funcionarios de Bruselas. Se sabía que, con esa actitud, tarde o temprano la colisión estaba asegurada.
Y a quien considere que esto ya esta acabado porque las autoridades argelinas se van a replegar definitivamente por la presión de la UE, les recomiendo que vuelvan a ver la película La Batalla de Argel. Si piensan que los herederos de los comandantes del Frente de Liberación Nacional argelino van a claudicar ante la presión europea, sería mejor que reflexionaran sobre el mensaje de esa magnifica cinta.