David
David
En elegante contraposto, altivo y afeminado, este menudo efebo nos mira con agrado y sonrisa enigmática; la misma que años después nos brindó Leonardo en su Mona Lisa y que tanta tinta ha hecho malgastar. No levanta apenas un metro veinte desde el suelo y todo un gigante, cuya testa decapitada yace a sus pies, ha probado el implacable acero de su espada. Ante la visión de este adolescente, niño aún, nadie diría que es un feroz guerrero. Ni su minúscula espada capaz de semejante acción. Más bien se exhibe con complacencia y muestra los prodigios de su inquietante belleza, equívoca y provocadora, como el célebre Tadzio de la Venecia de Visconti. Una apoteosis de narcisismo ensimismado, turbador e inmortal.
En 1476 lo modeló Andrea del Verrochio por encargo de Lorenzo de Medici y el bronce definitivo se encuentra hoy en el museo del Barguello de Florencia. Verrochio es uno de esos paradigmas de todo lo que significa Renacimiento y lo que supuso para esta Europa moderna. Orfebre, pintor y escultor, por su taller pasaron los florentinos de una generación deslumbrante; Perugino, Ghirlandaio, Boticcelli y Leonardo. Este último hizo suya toda la poética del maestro; a ella le debe el aire de eternidad y misterio que emanan sus enigmáticas figuras. En un ambiente exquisito, de refinamiento, belleza y sensualidad, discurrieron estos años para el joven Leonardo en el taller del Verrochio; ambos fueron acusados de homosexualidad en 1472. ¿Fue Leonardo el modelo del David? Maestro y discípulo compartían obras y es bien conocida la anécdota que supuso el arrumbe de los pinceles, de forma definitiva, por parte del tutor; habiendo confiado al alumno la ejecución de un ángel del Bautismo de Cristo -hoy en los Uffizi- pudo comprobar cuanto le aventajaba el muchacho al comparar la nueva figura con el resto de la obra.
Hace unos años encargué una réplica exacta de David, hecha con molde del original, al taller de vaciados de la Academia de San Fernando de Madrid. Desde entonces guarda la entrada de mi casa y nos protege de las inclemencias y los malos augurios. Su pose arrogante mira de frente a todo el que llega. Por el rabillo del ojo, a su izquierda, controla la placa inaugural de la institución, atento al devenir de los acontecimientos y tomando buena nota de los desmanes o afrentas que nos amenazan. Eficaz remedio contra los putrefactos del asedio permanente y señor de un castillo donde la cutrez no ha podido entrar. Algunos pasaron por delante de sus narices sin reparar en su presencia y él, generosamente, les dejo atravesar el umbral de la puerta. Hace ya tiempo que comenzaron –y siguen consumándose- las decapitaciones de los mentirosos; una maldición imparable para tartufos de la impostura. Para celebrarlo, he encargado una placa para su pedestal que rezará “TODOS CAERÁN”.