El circo ayer, hoy, siempre
El circo ayer, hoy, siempre
Ya un tanto lejanos los días de la pasada Feria me han recordado este grandioso espectáculo que hizo reír a tantos y tantos niños.... Oído en el circo X al que asistí junto a mis nietos José María y Salvador; un payaso pregunta a otro: ”¿cual es el circo más grande del mundo?” contestó con pena su compañero: “el circo X porque nunca se llena“; se refería al suyo; yo sentí un sentimiento profundo de auténtica conmiseración por aquellos hombres que empleaban un humor negro en un intento hermoso de seguir caminando.
Bajo la inmensa lona conviven las personas y animales que trabajan en el mismo; hoy parece ser que este hermoso espectáculo sufre decadencia en detrimento del niño que, atónito, observa y celebra los números circenses, tanto los de tipo gracioso cómo los de habilidad y riesgo. Sin lugar a dudas los payasos suelen ser el encanto mayor de los pequeños y la verdad es que estos hombres embadurnados y vestidos de forma extraña, con grandes y copudos capiruchos unos, los otros con vestidos andrajosos y, por lo general, con pelucas grandes y rubias y enormes zapatos, son seres humanos que muchas veces ocultan sentimientos tristes bajo la máscara graciosa. Si los niños supieran el dolor que produce hacer reír cuando el alma llora su encanto se esfumaría como el humo bajo los efectos de un violento vendaval.
Otros grupos errantes que merecen mi cariño son los comediantes de la legua, saltimbanquis y otros. Tuve una experiencia cuando yo era muy joven: me enamoré de una tonadillera, aprendí un poco de etología y seguí algún tiempo gozando de un amor que luego sufrió una bajada de tensión y volví a mi solar patrio. Soy un gran aficionado a la música de cámara, pero ninguna me ha producido tanta tristeza y emoción cómo la de aquellos pitos y tambores escuchados en las frías noches quejumbrosas, pobres instrumentos que animaban al vecindario para que acudiera a contribuir con su presencia y su peseta, claro está. Algunos violines sin afinar mezclados con el viento de poniente, siempre este dichoso viento, en aquella tierra que ayer no me quiso y hoy me quiere, se conjugaban con la tristeza de la noche para que hoy pueda escuchar los ecos musicales de aquel tiempo feliz.
Hasta hace unas años que volví al circo X por imperativos del amor sin medida que les tengo a mis pequeños José María y Salvador, la última imagen que tenía del circo era la de una mañana lluviosa con ráfagas de viento y la aldea, llamada Guazamara, en calma veía cómo aquella despedida iba a ser para siempre, mientras observaba que las viejas y cansadas mulas eran enganchadas a los vetustos carromatos de madera para seguir rodando por carreteras y caminos. Con la caravana marchaban mis ilusiones desgarradas para siempre -eso creía yo-; más tarde volví con mis hijos a este hermoso espectáculo e, igual que los payasos, tuve que reír con mis pequeños. Hace poco, con el alma un poco encallecida y algunas veces cínica, he vuelto a asistir al eterno espectáculo bajo la carpa misteriosa del circo; y siempre que yo pueda, y mis nietos me lo pidan seguiré acudiendo puntualmente...