Elogio de la Navidad
En una ocasión le oí decir a un buen amigo que ya solo creía en la existencia de dos tipos de personas, las que tienen una actitud constructiva y las que no. Me parece un buen punto de partida para no perdernos. Hemos de tener cuidado con el afán que muestran algunos de ir desconstruyendo el edificio social sobre el que hemos ido cimentando nuestra convivencia y que nos encontremos de pronto a la intemperie. Con sus luces y sus sombras, hay tradiciones que han perdurado durante siglos y tienen una función de anclaje emocional y social que no se puede desdeñar. Podríamos llegar a descubrir que el desinterés o el desprecio que muestran algunos hacia ciertas tradiciones y valores nos puede conducir a una vía muerta por la que nadie querría transitar.
El sentimiento de ilusión, de regeneración personal y social que nos transmite la Navidad está íntimamente enraizada en nuestra cultura y nuestras tradiciones, y esa actitud positiva parece hoy día más necesaria que nunca. Nadie está obligado a mostrar alegría y empatía social en estas celebraciones, pero permitamos que lo haga quien así lo desee y que, quien lo sienta de esa manera, pueda mostrar el sentimiento religioso que está intimamente vinculado a esta fechas.
En una época, como la nuestra, en la que se teoriza tanto sobre la solidaridad social y la empatía, no puede haber mejor muestra de respeto que permitir al prójimo expresar con naturalidad su felicidad y su estado de ánimo positivo. El respeto también incluye seguir llamándola por su nombre, Navidad, sin rodeos ni eufemismos.
Es cierto que es fácil perderse en los tópicos asociados a la Navidad, en el exceso propio de las fechas y en la maraña consumista. También es cierto que casi nunca culminamos los deseos y voluntades que asociamos a la llegada de un año nuevo y que suelen quedarse tan solo en eso, en deseos, pero esa sola expresión de voluntad, esa sensación de renovación que nos proporciona la Navidad, sirve a muchos para recuperar el impulso y la fortaleza necesarios para seguir adelante.
Son muchos los argumentos positivos para que nos unamos a los sentimientos de unas fiestas especialmente emotivas, pero conviene reparar, especialmente, en la ilusión de los más pequeños. Para ellos, todo es nuevo, y vinculan sus vacaciones de Navidad a luces espectaculares, canciones alegres y regalos en el entorno familiar. Solo por eso ya vale la pena. Igualmente, estas fechas nos pueden servir para homenajear a nuestros mayores, aquellos que después de toda una vida de trabajo y esfuerzo han visto especialmente dificultadas sus relaciones sociales en los últimos tiempos. Ellos son los que vivieron otras épocas de penuria y los que con gran esfuerzo sentaron las bases de nuestro estado del bienestar. Por ello, merecen una especial consideración en estas fechas. Para ellos, la Navidad son recuerdos y vivencias en el entorno familiar y vivirla con intensidad y alegría les puede suponer un aliciente y una motivación extra para seguir adelante.
Será una Navidad atípica, en la que estos sentimientos tendrán que vivirse en un ámbito estricto y con gran cuidado, pero seguirá siendo el momento más especial y esperado del año. Empezemos por llamarla por su nombre, Navidad, así con mayúsculas.