La Voz de Almeria

Opinión

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Ahora que algún presidente autonómico se cree en el derecho de hacer ‘de su capa un sayo’, imponiendo sus propias normas a todos los ciudadanos, me viene a la memoria un pianista que, cargado por la razón de saberse ungido por algún poder divino ante las teclas, decidió que en sus conciertos debían seguirse a rajatabla sus caprichos, bajo la amenaza de no sentar sus reales en la correspondiente banqueta caso de no cumplirse sus exigencias.

Mi admirado – lo cortés no quita lo valiente – Keith Jarrett se ha caracterizado por dominar su instrumento como muy pocos en este planeta, pero también por ser mas caprichoso que el niño mas malcriado. ¿Recordáis cuando se podía fumar prácticamente en cualquier lugar del mundo, consultas pediátricas incluidas? Ya en esos años a nadie se le permitía encender un pitillo en un concierto del de Pensilvania. En el mundo de jazz no suelen darse estas actitudes, más propias de divas de la ópera o estrellitas del rock, pero Mr. Jarrett ha sido capaz de pedir veinte toallas blancas - y solo usar una durante el concierto - o una determinada alfombra bajo su piano que, por otra parte, si no es de su gusto también despierta su ira.

Pero a diferencia de algunos que nos ‘dan la Torra’, yo a Keith se lo perdono en cuanto comienza a tocar. Le conocí despertando los ochenta cuando empezó a desmenuzar el cancionero americano con aquel mítico Standards Vol 1, pero tenía mucho camino andado desde sus primeros mensajes de la mano de Art Blakey. Con Miles Davis saboreó la electrónica, una vez y no mas, para iniciar en los setenta una brillante carrera en la que destacó con su inicial trío, dos cuartetos alternados entre América y Europa, y hasta un curioso acercamiento al mundo de la canción de autor. Pero fue la noche del 24 de enero de 1975 la que marcó su carrera y la historia del jazz mas reciente. Un concierto al que llegó cansado, hambriento y molesto por no disponer del instrumento solicitado, se materializó en el disco a piano solo más vendido de la historia. El Concierto de Colonia se ha transformado en una grabación referencial, algo que habría que escuchar casi por prescripción facultativa. Nunca ha dejado de crear belleza en estado puro cada vez que levanta la tapa del piano y comienza a contorsionarse sobre él, lanzando unos agudos gritos - que a más de uno sacan de quicio -, acompañado de Peacock y DeJohnette, sus fieles escuderos durante los últimos cuarenta años.

Pero tampoco ha cambiado en seguir considerando en cada concierto que él es quien manda en la República Independiente de su Escenario.

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