El consuelo del periodista
Periodistas
En pocas fechas hemos visto en la calle, encarnadas por los propios periodistas, dos teorías sobre la profesión: la que defiende que somos absolutamente necesarios para la verdad del mundo y para la democracia, y la que nos ve como material maleable y prescindible dentro del complejísimo entramado social de las nuevas tecnologías. Los malos ejemplos de corrupción, intrusismo político y falseamiento de la realidad serían solo una parte del problema general que sufre hoy todo trabajador por cuenta ajena sin otra opción que ser sometido a las leyes provocadoras del mercado. Luego está la base profundamente ética de esta profesión pensada para informar en medio de un conglomerado inextricable de falsedades, sesgos interesados, globos sonda, calumnias sin cuento. En este último apartado es donde el periodista adquiere cierto halo trágico pues o se la juega cada día enfrentándose a los monstruos o se pasa al enemigo en nombre de alguna excusa más o menos confortable. Se está poniendo el mundo de tal forma que todos somos ya corresponsales de guerra. El compromiso nos obliga de alguna manera a vivir en primera línea, allá donde caen las bombas, y si alguien piensa que estamos exagerando que cambie las bombas por el desprecio, la soledad, el ninguneo. Aún así, hay que quitarse el sombrero ante ciertos casos de heroísmo informativo que hacen temblar los cimientos de los estados. Hoy tenemos la sensación quienes escribimos que metemos cada mañana nuestro comentario en una botella de agua y la arrojamos al mar. Uno se contenta al menos con la idea de que, allá para el siglo que viene, alguien encuentre la botella y piense que ya estábamos por encima del tiempo. Es el único consuelo que le queda hoy al periodista.