La Voz de Almeria

Opinión

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Hace unas cuatro horas estuve en una tienda para comprar un poco de ilusión de la Marca España o algo de esperanza de la misma marca. Una chica atenta y agradable, dice que esa gama no la fabricaban, que mirara en las estanterías que había mucho surtido de pesimismo, decepción, angustia, terror y recortes de todas las clases; sanitarios, en educación, infraestructuras, cultura…Y que acaban de sacar al mercado una nueva línea; depredación financiera, asfixia de créditos, embargos hipotecarios, desahucios, cierre de empresas y despidos masivos, el Banco-Bueno y el Banco-Malo.


Estuve de un lado para otro mirando en las vitrinas sin acabar de decidirme, había tanta oferta que era difícil escoger. En uno de los envases de cristal oscuro y tallado, podía leerse “Reformas Inútiles”, pregunté aquella mujer que había dentro de la botella, ella la coge y recita los ingredientes de memoria, lo hace despacio con una voz dulce y persuasiva que narcotiza.


Una 60% de sumisión al capital, 15% de falta de imaginación y el 25% restante al que no le guste que se fastidie. Coge entre sus manos una medalla con un baño de oro, pues no me ve muy convencido.-Hoy peor que ayer y mejor que mañana. Dice con su voz que envuelve y arrastra.


Yo le indico una lata con grabados de paisajes pastoriles y bucólicos, ella la coge y la abre, huele a boñiga de vaca algo seca, pero en la etiqueta pone “Brisas del Pueblo”. Le preguntó como pueden vender mierda y a esos precios. A su tez pálida acude la sangre y la veo ahora con más vida, más intensa su hermosura que completan aquellos ojos en los que brilla una brizna de ira por mi mala educación.


-Nadie vende nada que otro no esté dispuesto a comprar. Esto que tengo entre las manos aunque valga 66 euros, se lo lleva la gente como rosquillas. Entre tanta mierda en la que estamos envueltos oler las boñigas de las vacas hasta produce nostalgia ¿Y acaso no es una mierda que por 900 euros al mes, tenga yo que soportar a gente como Usted? Ahora era yo quien se avergonzaba de mi impostura, aunque la torpeza de irritarla había merecido la pena, pues del rubor paso al sosiego de haber dicho justo lo que hay que decir. Estaba tan esplendida y serena que no pude seguir mirándola. Llevé hasta el mostrador aquella lata y ella preguntó, como si no hubiera pasado nada entre nosotros, si quería envolverla en papel de regalo. Le dije que no era necesario penaba quedármela.


Regresé a mi casa pero antes abrí mi regalo, no tuve nostalgia de un prado verde donde las vacas apacibles pactaban en una mañana gris en la que lloviznaba, pero si la recordé a ella y a sus palabras como puñales apropiados y merecidos. ¡Ah! y también los cuatro euros que dejé olvidados en el mostrador por lo nervioso que estaba.


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