La importancia de llamarse Elvis
Poco podía imaginar el rey del rock que un jovencito británico, delgaducho y con cierto aire a Buddy Holly, iba a tener la enorme desfachatez y el descaro de adoptar su nombre ya en los inicios de su carrera. Pensando que con su Declan MacManus de nacimiento lo tenía complicado para llamar la atención en la farándula rocanrolera, se auto invistió de poderes para acabar siendo Elvis Costello de cara al mundo. Costello por su madre; Elvis por el de Tupelo.
Desde sus comienzos, con el punk arrasando la Gran Bretaña, dejó clara ya su determinación de convertirse en una estrella, pero con los años ha logrado lo más complicado en el mundo artístico: el respeto de la profesión.
Yo lo conocí en sus primeros años por su aparición en aquellos benéficos Concerts for the People of Kampuchea cuando aún coqueteaba con la new wave. Pero posiblemente su madurez artística comenzó con un disco, para mi gusto, clave en su ya dilatada carrera: Spike.
Cuenta Costello en sus disparatadas memorias –Música infiel y tinta invisible– que su nueva discográfica le ofreció pasta y libertad y él, nuevamente sin un ápice de modestia, les propuso cuatro discos diferentes, que al final resumió en uno. Grabado en estudios de cuatro ciudades de solera musical - New Orleans, Los Ángeles, Londres y Dublín -, consigue dar visiones muy diferentes de su música, manufacturando una obra maestra del rock, el pop y todo lo demás. En la ciudad del Katrina inició su colaboración y amistad con el gran Allen Toussaint, con el que después llegó a grabar el delicioso The river in reverse, pero más sonada fue su reunión con el ex-beatle McCartney.
Convocado por el genio en horas bajas, se reunieron en una habitación para componer rememorando aquel tándem irrepetible. Las sesiones fueron tan fructíferas que hubiesen dado para un disco ‘a la limón’, pero todo quedó en colaboraciones en los discos de ambos, que sus fans paladeamos cual ambrosía.
De Spike me quedo con dos composiciones en las que la belleza de la música se contrapone a la crudeza del mensaje. Veronica, donde canta y cuenta sobre un alegre ritmo pop la historia de su abuela, aquejada de Alzheimer. Y quizás la que mejor define la personalidad de Costello, la engañosamente dulce balada de aires celtas Tramp the dirt down en la que, con tanta elegancia como contundencia, pone en su sitio a la temida dama de hierro - entonces en activo como primera ministra -, llegando al extremo de desear acudir al entierro de la Thatcher para pisotear la tierra sobre su tumba. ¿Comprenden ahora la importancia de llamarse Elvis?