Polifonía de lamentos almerienses
Meter la excavadora en cualquier rincón de Almería suele significar una polifonía de lamentos. El primero es que siempre hay alguien que se queja de que se hagan obras, porque los ruidos, el trasiego de maquinaria y el polvo son circunstancias molestas que incomodan. El segundo lamento es el de los abonados al agravio comparativo (reconózcalo: de ese club casi todos somos socios) deplorando que se hagan obras en un sitio cercano a su domicilio, pero no en la calle en la que ellos viven, que siempre está llena de innumerables carencias y soporta indecibles penalidades que contrastarán dolorosamente en el futuro con los arreglos y mejoras de la calle cercana, cuyos vecinos –sin embargo- están enfurecidos en ese momento porque hay taladradoras bajo sus ventanas. El tercer motivo de creación de descontentos es la eventual aparición de cimentaciones pretéritas o ruinas seculares, lo que suele avivar el debate conservacionista y exhibidor de cualquier antigüedad datada, pero siempre desde el dolor y el disgusto. Teniendo en cuenta que vivimos en una ciudad antiquísima en donde al rascar el suelo con una cucharilla de café te sale un cimiento árabe o un coprolito venerable, surge así la queja de los que deploran que el resto hallado no sea cubierto con un grueso cristal e iluminado con un foco, aunque sea irrelevante desde el punto de vista arqueológico y así lo confirmen los técnicos. No sé si se han dado cuenta de que el hilo conductor de esta columna es el lamento: la queja como elemento vehicular del relato ciudadano almeriense. ¿Quiero decir que el Ayuntamiento tendría que copiar a Corporaciones inolvidables y quedarse mano sobre mano?Tampoco, porque entonces saldría la Coral Vajillas del Sollozo a lamentar la pasividad e inoperancia del Equipo de Gobierno. Y es que la queja es el motor, inductor y combustible del modo almeriense de estar presente en el mundo.