Es mejor no decir nada
Ser árbitro de fútbol es un desempeño profesional tan exigente como dificultoso. Yo mismo, que desde el sofá de mi casa arbitro una media de dos o tres partidos semanales, me las veo y me las deseo para impartir justicia deportiva, y eso que cuento con la ayuda técnica de las repeticiones y los multiángulos televisivos para enjuiciar las jugadas. Toda generalización es injusta, pero tengo dificultades expresivas considerables para decir, sin que se note mucho, que la mayoría de árbitros no sólo se equivocan una barbaridad, sino que además lo hacen con alardes innecesarios y formas manifiestamente mejorables. Vamos, que son muy malos. Dicho esto, quiero expresar desde aquí mi solidaridad con el presidente de la UD Almería, Alfonso García, sobre el que pende la amenaza de sanción por haber dicho, tras el último partido de nuestro equipo, que al Almería “le ponen fuera árbitros muy valientes y en casa árbitros muy cobardes”. Este leve juicio de valor sobre la bizarría arbitral puede costarle caro al presidente, al que desde aquí recomiendo con cariño hacer mutis por el foro cada vez que vea un bosque de alcachofas cerca de su boca, sobre todo si es en caliente al término de un partido. Es mejor no decir nada o recurrir, cuando el compromiso sea inexcusable, a la universal fórmula del “sí, bueno; no”, inmortalizada por el gran Butragueño en sus tiempos de halcón del área y que tanto ha ayudado a su ascenso como portavoz formal del Real Madrid. De los árbitros es mejor no hablar, querido presidente, porque le tienen a usted bien localizado y es la parte débil del extraño e injusto engranaje de esta rarísima Federación Española de Fútbol. Y si le vuelven a pillar en otra, usted diga que la culpa es por no tener abierto el VAR (Video Assistant Referee) que lo mismo lo toman como eximente incompleta de intoxicación etílica, al amparo del núm. 1º del artículo 21 del Código Penal de 1995.