Ay qué dolor
Ay qué dolor
Tradicionalmente hemos venido asociando al dolor con una sensación no ya sólo desagradable y molesta, sino fundamentalmente innecesaria por inútil. ¿Qué aporta a la historia de la humanidad o del progreso el hecho doloroso cum laude de sufrir el cierre de la tapa de un piano en el escroto? Pues nada en absoluto, salvo para la historia de las canciones de campamento, claro. Por tanto, uno estaba firmemente convencido de que ni el dolor de los dolores -ni tan siquiera el dolor más inhumano- aportaban nada hasta que, con motivo del Día Mundial contra el Dolor (pues sí, hay un día para esto y se celebraba ayer lunes) el Consejo Superior de Investigaciones Científicas destacaba la importancia que tiene el dolor para el ser humano ya que, según ponía de manifiesto uno de sus investigadores en una entrevista, el dolor "pese a ser desagradable y evitado por la mayoría, es una sensación útil y necesaria para sobrevivir a un ambiente hostil." Es decir, que el hecho de conservar el temor al dolor ayuda evolutivamente al ser humano. Es un alivio, porque de no tener pánico al dolor extremo puede que hubiera señores pianistas que terminasen sus recitales percutiéndose los bajos con la tapa de su instrumento, lo cual resultaría penoso para el público. En fin, creo que después de estas revelaciones ya nadie podrá volver a escuchar del mismo modo la famosa rumba del "cogiste la maleta y me dijiste adiós, ay qué dolor", porque lo que en principio era una manifestación de desamor ahora aparece, claramente, como una muestra de alivio: allá te vayas con tu maleta, hija mía.