María Vergel Camacho
Una gran mujer
Ana maría gonzález
Llegué a tu vida cuando ya tus recuerdos empezaban a esfumarse, pero aún quedaba en ti la bondad, la alegría, ese buen humor y esas risas que compartimos hasta hace poco. Hacíamos tareas, cuentas de sumar y restar (que a veces terminabas antes que yo), conversaciones y lecturas. Tus dedos palpaban todos los tejidos de tus hijas y los míos, demostrando lo que te había gustado coser y tenerlo todo a punto. Has sido una gran madre, una maravillosa esposa y una abuela cariñosa con todos tus nietos. La “Má”, como te llamaban todos, estará viva siempre en sus corazones. Recordando Recuerdo cuando íbamos a cenar y tu marido estaba ya sentado; con un suave soplido en su nuca y un beso en el cuello, dejabas traslucir el gran amor que le habías tenido toda tu vida. Viendo la T.V. acercabas tu mano a la suya y yo con ternura observaba ese gran amor que siempre os ha unido. María, has criado a tus hijas como unas grandes mujeres, independientemente de la carrera que cada una desempeña, lo mismo cosen, que lavan, que pintan, que administran; estupendas, perfectas, a imagen tuya. Me río de una tarde que al llegar habías pelado una fuente de patatas, y hubo que hacer tortillas para varios días. Era tu fe y tu tendencia de ama de casa que constantemente afloraba en ti. Gracias por haber dejado compartir estos años contigo que han sido muy enriquecedores para mí. -¿A qué vienes Ana? Me decías muchas tardes. - A reírme, María. Con nadie me he reído tanto como aquí. Eras una mujer perfecta. Siempre en mi pensamiento…