La (mala) información también mata: del Covid al Papa

Muchas redacciones del siglo XXI están haciendo periodismo del siglo XIX

La frase del epidemiólogo Richard Berman pasó desapercibida en medio de la catarata de conocimientos científicos expresados por los expertos con los que tuve la fortuna de compartir la mesa redonda que, sobre la Paz y los Derechos Humanos en los tiempos del Covid, había organizado la asociación de latinoamericanos residentes en Almería, pero, para mí, aquella afirmación sonó con el estruendo de una sentencia condenatoria. 


-En medio de la Pandemia que estamos viviendo hay muchas incertezas. Pero de lo que estoy totalmente seguro es de que esa información ha causado decenas, centenares quizá, de muertes. No tenga ninguna duda 


El Doctor Berman respondía así a la pregunta que desde el patio de butacas le hizo un asistente peruano sobre la noticia difundida por algunos grandes medios de comunicación de aquel país en la que se afirmaba que una vacuna (no señaló de qué laboratorio) solo estaba compuesta de agua destilada, lo que había provocado que centenares de miles de peruanos la rechazaran. Y, como sostenía sin dudas el científico estadounidense, muchos de ellos murieran. 



Disparaba con acierto el epidemiólogo americano a una realidad en la que pocas veces nos detenemos los que trabajamos con la información y ninguna los que trafican con maldad y estupidez por las redes sociales: las fake News no solo intoxican a quien las consume, también matan. 


En estos tiempos de cólera mediática, informaciones falsas como las descritas por el asistente peruano están construyendo un relato de consecuencias demoledoras. Desde hace años se está instalando en la mentalidad de millones de ciudadanos una realidad paralela- y para lelos- en la que la mentira es más verosímil que la verdad. Cualquier cretino desenfunda y escribe o graba una idiotez en la primera red social que tiene a mano y, al segundo, miles de entusiastas de la extravagancia comienzan a repicarlo desde la campana de sus móviles. Da igual qué se afirme, quién lo haga o por qué lo haga. El conocimiento ha dejado de tener prestigio y ahora lo que cotiza al alza es la tontería construida sobre un puñado de caracteres. 



Pero si esta realidad es lamentablemente inevitable en las redes sociales, lo alarmante, lo que nos sitúa al borde del precipicio, más allá de la frontera del desvarío, es cómo ese virus está circulando a gran velocidad en algunas redacciones. 


El análisis de los mensajes difundidos en muchos medios de comunicación (no en todos, pero sí en muchos) pone en evidencia cómo, en vez de avanzar en el camino sin final de la credibilidad, el tráfico honesto de noticias y opiniones se está adentrando intencionada y apresuradamente en el fango del narcotráfico informativo con el que no se pretende publicar la verdad, sino intoxicar la mente de quien la recibe.  


Escuchando algunas emisoras o leyendo algunos periódicos- digitales o en papel- tengo la convicción de que el único objetivo de sus contenidos es llenar cada mañana de odio premeditado, mentiras prefabricadas y estupidez previsible, el abrevadero en el que quienes escuchan, ven o leen van a “pincharse” la dosis de crispación que necesitan para recorrer el día.  


Nunca la sociedad en general y el periodismo en particular tuvo más medios para informarse y nunca la intoxicación informativa ha alcanzado tan alto nivel. Muchas redacciones del siglo XXI están haciendo periodismo del siglo XIX, confundiendo el periodismo con el panfletismo. 


El Covid, por sus extraordinarias consecuencias informativas, ha sido y es un laboratorio en el que ha quedado al descubierto cómo el dolor, la inquietud o la muerte han sido manipuladas en la probeta de las intenciones más obscenas. Desde el negacionismo irracional, a la manipulación de datos (a favor o en contra de las medidas de este gobierno o de aquella comunidad autónoma en función de los intereses más abyectos), desde la infoxicación sobre los efectos de las vacunas hasta la (falsa) arma de transmisión masiva que provocaba la inmigración, todo vale en la torre de Babel en la que lo único que se pretende es la difusión de basura. La estulticia alcanzó tal nivel que hubo -y aún hay- iluminados que desde sus créditos universitarios predicaron sin vergüenza académica y sin rubor intelectual que, con la vacuna, se inyectaba un microchips para controlar a los ciudadanos. ¡Y eso lo escribían desde el teclado de su móvil, que, ese sí, es la mejor arma de control descubierta hasta ahora: te radiografía dónde estás, qué aficiones tienes, con quién frecuentas la amistad, dónde vas, aquello que, como en la canción de Raphael, te preocupa y no te deja dormir! Todo.  


En otra basura vomitada hace apenas unas horas podía leerse con estupor cómo se atacaba el Papa por su brevísima petición de perdón por los errores del pasado que no contribuyeron a la evangelización en una carta enviada al presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano con motivo del bicentenario de la consumación de la independencia del país. 


Sostener, y cito textualmente las palabras escritas por el Papa francisco, que “en diversas ocasiones, tanto mis antecesores como yo mismo, hemos pedido perdón por los pecados personales y sociales, por todas las acciones y omisiones que no contribuyeron a la evangelización” (en toda conquista- palabra que el Papa no utiliza nunca en su carta- se cometen abusos; también grandes aportaciones positivas) ha movido a miles de internautas y algunos lideres políticos a calificar a Francisco de comunista, traidor, masón, anticristo, demonio… todo un catálogo de insultos que han circulado por las redes sociales - y esto no es un dato menor- alentados por la manipulación de medios de comunicación situados en la extrema derecha nostálgica de la España imperial.  


La mentira sobre la vacuna mató a decenas, quizá a cientos de ciudadanos en Perú según el prestigioso investigador de las universidades de Nueva York y Tennessee; la basura arrojada contra el Papa no va a acabar con él (aunque algunos de los que fomentan tanto odio, si pudieran, le prepararían un té bien cargado). Pero son dos ejemplos de que la mala información a veces mata y siempre envenena la mente. 


Ténganlo en cuenta cuando se acerquen a una red social o a un medio de comunicación. La revolución digital ha facilitado la aparición de una lista interminable de fuentes en las que saciar la sed de información. Lo que hay que diferenciar es dónde están las contaminadas y dónde las potabilizadas. 

 

    

 

 

 

 

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