Las manos de Celaá

La ministra de Educación ya tiene su propia ley, una que lleva su apellido, Celaá,  porque Lomloe suena muy feo. Cuando habla, Celaá mueve las manos como si sostuviera una varita invisible con la que hace pasar de curso a miles de escolares españoles con un saco de suspensos a cuestas. 

Lo de menos es la ley en sí de esta ministra ‘flower power’, por mucho que contenga decisiones tan perjudiciales como la de quitar el mínimo control que quedaba aún para el uso del español en la media España  que tiene además otra lengua oficial.  


Cuando habla Celaá mueve con gracia y lentitud sus manos como si dibujara la escuela perfecta, tan real como los castillos en el aire de Alberto Cortez. Kafka también hablaba de castillos y de procesos burocráticos, como los que asfixian el sistema educativo español desde los tiempos de la Logse. 



Kafka hubiera imaginado esta pesadilla administrativa, por ejemplo: si un alumno no acude a clase no se le puede poner un ‘No Presentado’ en su expediente, aunque esta casilla exista. Si una alumna entrega un examen en blanco no se le puede calificar con un ‘0’. Zapatero lo prohibió.  Estas y otras muchas decisiones ‘tan decisivas’ para la educación de nuestros hijos las dictan desde hace más de 30 años, -tanto con gobiernos del PSOE como del PP-, los expertos que hacen leyes como la de Celaá. Son los pedagogos, pedagogos metidos a políticos y políticos imbuidos por la pedagogía. Hay más que simbiosis, de hecho, la frase más pronunciada por un político que no logra su objetivo es “nos ha faltado pedagogía”.


Los pedagogos son tan expertos como aquellos expertos anónimos  del comité del candidato Illa y su escudero Simón que en la desescalada permitieron sacar a los niños a estancos, tiendas y gasolineras. 



Los profesores enseñan física o química, historia, geografía, inglés, matemáticas...pero los pedagogos no enseñan nada, no tienen materia, por eso sufren del freudiano ‘síndrome de envidia del pene’ y lo suplen con poder, mucho poder desde los despachos que ocuparon hace años. Desde ahí imponen a los profesores y maestros infinitos planes, informes, protocolos e instrucciones, todos entregados en el plazo correcto.


La pedagogía es una falsa ciencia que impone su yugo a través de la burocracia, sin ella la pedagogía no existiría y se caería con su castillo en el aire. 


La burocracia es el disfraz falaz que oculta los fracasos de los pedagogos. Por mucho que PISA denuncie sus errores un año tras otro,  los pedagogos se presentan como la solución a sus propios fracasos.  


La pedagogía es una hija espabilada de la Filosofía.  Aunque parece producto de la picaresca española nació de la mano de un filósofo ginebrino ilustrado: Rousseau, quien culpaba a la sociedad de echar a perder la pureza original del ser humano. El autor de ‘El Emilio’ proponía remediarlo con pedagogía, el ‘acompañamiento emocional’ que Celaá dibuja con sus manos. De ahí resulta que el profesor es el culpable de los suspensos de sus alumnos, y en vez de pedirles cuentas a éstos y a sus familias, el sistema pedagógico le pide explicaciones al profesor.   


La rusoniana Celaá  apareció a final del curso pasado y como una Campanilla con muchos trienios agitó sus alitas delanteras para desprender su polvo de hada pedagógica. Consiguió que los suspensos se transformaran como la calabaza en carroza. “Aprobado general”, tituló El País tras oírla.  

 No habrá una mejora en la educación mientras que la pedagogia y sus constantes ‘trampas al solitario’ no sea erradicada o atenuada del sistema. Su utilidad para la enseñanza es la misma que la quiromancia para la salud o que la astrología para la economía. 


Enseñar no es una tecnología ni una ciencia, que dependa de palabras mágicas como ‘objetivos actitudinales’ o ‘competencias claves y básicas’. Lo decisivo en la enseñanza es, por parte del profesor, su vocación, tenacidad, ilusión, conocimientos y respeto a cada uno de sus alumnos. Y por parte del alumnado es imprescindible su esfuerzo, respeto al aprendizaje, ganas de superación y el apoyo de las familias. 


No existen protocolos ni planes quinquenales que valgan lo que una mirada atenta de un alumno en el aula, o la satisfacción por el logro que recompensa su  esfuerzo y tenacidad. Los profesores y maestras de España no necesitan más leyes que ahondan en errores de base. 


 Cuando recuperemos como sociedad el respeto por el conocimiento y el valor del esfuerzo y todo esto impregne en los medios de comunicación, no hará falta que la ministra Celaá vuelva a mover sus manos como un hada sin varita construyendo castillos imaginarios. 


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