Detrás de la pantalla (XX): Ea (y 2)

Han transcurrido exactamente 238 días desde que se publicó la anterior entrega de esta columna

Han transcurrido exactamente 238 días desde que se publicó la anterior entrega de esta columna.
Han transcurrido exactamente 238 días desde que se publicó la anterior entrega de esta columna. La Voz

Han transcurrido exactamente 238 días desde que se publicó la anterior entrega de esta columna. Y hay que ver la de cosas que han pasado mientras ni siquiera hemos terminado de darle una vuelta completa al Sol.


Y lo que queda por pasar... Todo apunta, por ejemplo, a que este año volvemos a quedarnos sin Semana Santa como la recordamos. Y ya van dos años sin que se nos ponga la piel de gallina en la calle.


Pero no hay por qué alarmarse: siempre hay alternativas para vivir las cosas de otra manera, sea la fecha que sea y sean cuales sean las circunstancias.



Yo, por ejemplo, cuando era pequeño pasaba el año entero tocando el tambor, hubiera pasos en la calle o no. Todo, gracias a que me los compraba mi abuelo Paco por desgracia para sus vecinos, que sabían perfectamente cuándo llegaba el nieto capillita a fastidiar las siestas de Navidad a redoble limpio (o algo así).


Qué hombre, mi abuelo Paco. Él era, además, el que me llevaba religiosamente al cine a ver la película de Disney que tocara a cada momento. Y sin dormirse, ni pestañear. Hasta que hubo un momento en el que creo que fue al revés y fui yo el que lo llevaba a él a ver películas.



Y resulta que hace no mucho tiempo descubrí que aunque no era un hombre cofrade, también tenía su vinculación con eso de la Semana Santa: en su época, trabajaba cobrando sillas para las procesiones de Murcia.


Pero fue mucho más, el bueno de Francisco, mi abuelo Paco. También fue el inseparable brazo de mi abuela, su mujer, la que siempre ha tirado del carro y ha puesto las cosas en su sitio. 


También fue juguetero, entre otras cosas. Un abuelo juguetero... Visto con los años, suena al sueño de cualquier nieto. Y sí, además de tambores para una infantil Semana Santa atemporal, disfruté de camiones, coches de carreras y un sinfín de juguetes de todo tipo.


Este año no hay Semana Santa como la recordamos seguramente, pero eso no significa que no podamos vivirla de otra manera. Y es que de eso va esto: de romper la barrera que separa estar vivos y vivir, que ni es lo mismo ni se le parece. Saber reconocer cuándo hemos perdido el tiempo y empezar a aprovecharlo, sea lo que sea eso, disfrutar de un chapuzón eterno en El Zapillo y vivir.


A ver si, con un poco de suerte, la próxima columna es un poco más animada y hablo de lo bonita que está la Casa de las Mariposas, por ejemplo. Que no es que sea triste porque no haya Semana Santa, ya ves tú. Es que hoy, 238 días después de que mi abuela muriera, ella ha considerado que ya estaba bien de estar separados y ha llamado a mi abuelo Paco a su vera, que seguro que ya le hacía falta cogerse de su brazo para seguir tirando del carro.


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