Diario de una cuarentena (XV): La trampa

Serie con la que el fotógrafo explora la temática del confinamiento en la intimidad de su hogar.
Serie con la que el fotógrafo explora la temática del confinamiento en la intimidad de su hogar. Carlos de Paz

Imaginemos que llaman a la puerta. Nos asomamos por la mirilla y vemos una cara desconocida. La duda nos asalta. Abrir es poner en riesgo a nuestra familia, quizá hasta incumplir las reglas de este arresto domiciliario al que estamos sometidos. Pero mantener la puerta cerrada, con los tiempos que corren y tanta gente en apuros, es si no mezquino, casi de mala educación. ¿Y si fuésemos noso­tros los que estamos al otro lado de la puerta?


Si yo abriese esa puerta, el desconocido empezaría por tropezar con el cable de Internet. Está tirante porque me faltan enchufes para teletrabajar. Y pasar por ahí es volver al patio del colegio y jugar a saltar al elástico. El microondas y la pantalla del ordenador comparten otro enchufe, cuyo cable tampoco toca suelo, de modo que mi apartamento ahora está lleno de trampas. Eso es guay en caso de que el misterioso visitante albergue oscuras intenciones. Y un fastidio cuando recorro la casa recién levantada. Me gusta pensar en mi pisito como en la escena de ‘La trampa’ en la que Catherine Zeta-Jones va sorteando rayos X mientras ensaya uno de los robos. El problema es que yo soy más Pepe Viyuela.


Hablando de rayos X, tengo un amigo que propone inventar un sistema para detectar si nos hemos traído el coronavirus pegado en la suela del zapato o agarrado a la mochila. Como ese que se utiliza en las series policíacas para encontrar las huellas del crimen. Así me ahorraría los dos cumpleaños feliz seguidos que canto cada vez que me lavo las manos y que ya empiezan a cansar.


Porque esta guerra no se reduce a los hospitales, la hacemos todos. Dice el escritor Miguel Ángel Muñoz que es algo marciano estar feliz en casa mientras te dicen que estás librando una batalla. La libra a diario Lola Córdoba que, a sus 87, hace gimnasia, escucha a Rozalén, recibe llamadas de su interminable familia y solo sufre un poquito si se queda sin bolis para el crucigrama. Igual que Ángeles Vasserot que, con 79, se ha hecho un circuito que repite diez veces hasta sumar un kilómetro y manda a su hijo al mercado a por “carne jugosa de Juan, él sabe cuál es; pescado para pimentón (las niñas saben el que me gusta); a Antonio le pides fresas, que no sean de corcho, y alcachofas de las duritas”.




Os dejo, voy a jugarme el tipo a Mercadona. Creo que hoy también le plantaré cara al dichoso virus.


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