‘Acelgueros por el mundo’. Alboloduy en la última tarde de abril, a la hora mágica entre dos luces...

Los acelgueros de todos los tiempos me llamaban. Siempre tuve buen oído para sus reclamos

Presentación del libro del IEA este fin de semana en el Salón Social de Alboloduy.
Presentación del libro del IEA este fin de semana en el Salón Social de Alboloduy.

Cualquier encomienda cultural me resulta un placer, que luego intento traducir en emoción verbal. Pero en esta ocasión, volver al pueblo de mi padre, al sol mi infancia, es mucho más que una misión. Y penetro de puntillas en el Salón Social abarrotado hasta la bandera. En la mesa: el director del IEA (editor de la publicación), Francisco Alonso, Sonia Guil, alcaldesa de Alboloduy, Francisco Valverde, representante de la asociación cultural El Galayo, y el artífice de este precioso libro, ‘Acelgueros por el mundo’, Manuel Francisco Matarín Guil.


Es toda una institución para el mundo cultural almeriense y para el universo de Alboloduy en particular. Manolo y Julia fueron, y ahora él junto a sus hijas, siguen siendo referente, los maestros que todos hubiésemos querido tener. Las generaciones de niños que han pasado por su escuela en los últimos treinta años, han tenido el privilegio de contar con el entusiasmo de estos auténticos profesores, quienes traspasaron con creces las aulas. Entre otras muchas cosas, fueron miembros fundadores de la activa asociación cultural El Galayo, recuperadora de la tradición y folclore del municipio.


Y cuando le toca hablar a él, Manuel comienza por hacer justicia sobre el origen de esta publicación: “Julia siempre era la de las ideas y yo el ejecutor de su entusiasmo”.


Con familiares directos en diferentes lugares del mundo, surge el recopilar el sentir del flujo migratorio que siempre condicionó la idiosincrasia de un pueblo perdido en un pliegue de la Alpujarra, donde durante siglos tuvo que luchar para sobrevivir con la exigua huerta que le aportaba su escarpada orografía y un río torrentera mojándole los talones.


La Argentina, Brasil, Filipinas, Orán, Cataluña, Francia… fueron recibiendo a la mayoría de los acelgueros (gentilicio popular de los hijos de Alboloduy) que un día dejaron su pueblo atrás para buscarse un futuro más halagüeño. 
Manolo fue desgranando anécdotas sobre el laborioso proceso de búsqueda de testimonios de esos hijos de la tierra desperdigados por el mundo, ilustrando el anecdotario de todos los que lucharon por la vida, algunos de ellos fracasando en el intento de manera terrible. El caso más flagrante, el de un pariente mío, Baldomero Cadenas, que en 1916 fue uno de los devorado por los tiburones, al naufragar el buque Príncipe de Asturias en el que viajaba a Brasil, donde perecieron ciento siete pasajeros. El desastre del Titanic español.


Nos explicaba el significado de la emigración golondrina, tan importante para la economía de subsistencia para Alboloduy, y que consiste en la ida y vuelta en unos meses concretos del año por parte de la población para asistir a la vendimia en Francia.


Nos recordaba, fruto de su ingente investigación etnográfica, de los tres intentos de repoblación cristiana del municipio, documentada en el archivo municipal, tras la definitiva expulsión de los moriscos en 1570, donde el pueblo quedó vacío por mucho tiempo. La peor emigración soportada por la entonces alcaicería de Alhizan de Bolodu.


Marcado por la marcha
Alboloduy siempre ha estado marcado por la marcha. Un núcleo que nunca recuperó su población máxima de finales de siglo XIX, primera década del siglo XX. Es por ello que esta tragedia bien merecía un volumen tan cuidado, donde Manuel Matarín le pone rostro.


A pesar de que Manolo es un ser que transmite seriedad,  confundida a veces con indolencia, el baile de sus piernas mientras hablaba, no ofrecía lugar a dudas sobre el estado de su emoción, mientras su voz profunda relataba la desgracia de perder a Julia en medio del nacimiento de este hijo que se suma a todas sus publicaciones; de la alegría de recibir los mensajes de vuelta a tantos como él mando, cuales botellas sobre un mar de esperanza, a todo acelguero que viviese fuera de su pueblo y que quisiese contar sus vivencias.


Torrente de firmas
Después vino un torrente de firmas al que me sumé en la fila de admiradores. 


Los besos y abrazos con mis conocidos de toda la vida, el ponche magistral que hizo uno de los concejales y una fluida conversación con la primera mujer alcaldesa del municipio, Sonia Guil, quien me contaba sus esfuerzos titánicos por retener a la población actual, por plantarle cara al futuro, fue la guinda de una noche mágica. 


A la salida del pueblo, me detuve a saludar a las únicas que me quedaban: las ánimas. 


Como todas las noches, ya encendían sus cirios para procesionar por la villa…


 

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