Locos por encontrar la sombra de un ficus en la Plaza Vieja

Una plaza sin árboles con 40 grados al sol es un proyecto que no se ajustaba a la realidad

Hacerse con una sombra debajo de un ficus se convierte a diario en una tarea complicada.
Hacerse con una sombra debajo de un ficus se convierte a diario en una tarea complicada. La Voz
Eduardo de Vicente
18:17 • 29 jul. 2023 / actualizado a las 19:55 • 29 jul. 2023

Podíamos cerrar los ojos e imaginar que estábamos en Galicia o en Asturias, que nuestros veranos son suaves y que vamos por las plazas y por los parques en busca de un sol que no sale todos los días. Pero estamos condenados a una realidad que nos cuenta que vivimos en el sur y que nos ha tocado sufrir una ola de calor que ya no es cuestión de tres o cuatro días, sino que amenaza con instalarse durante todo el verano por los siglos de los siglos, y que en estas circusnstancias no tenemos mejor aliado que un árbol para poder hacer habitable nuestros rincones. En estas últimas semanas, en las que tanto está apretando la temperatura, hemos podido ver repetida hasta la saciedad la estampa de los turistas y los vecinos de Almería buscando cobijo en las sombras de los ficus. Atravesar la parte central de la Plaza Vieja a la una de la tarde es como cruzar un trozo del desierto. El lunes, a esa hora, el termómetro marcaba 40 grados a la altura del pingurucho.



El proyecto de convertir nuestra Plaza Vieja en un espacio diáfano es casi perfecto sobre el plano y en las maquetas, y estéticamente no ofrece discusión porque queda bonito, pero se transforma en una auténtica barbaridad si tenemos en cuenta las condiciones climatológicas actuales que parecen irreversibles. Quizá, la solución que estaban pensando aquellos gobernantes que fueron los padres del proyecto era la de sustituir los árboles por sombrillas, por inmensas sombrillas y llenar nuestra nueva plaza mayor, de mesas y sillas para convertirla en un bar multitudinario que fuera epicentro del ocio de los fines de semana y de las grandes juergas colectivas y que los turistas pudieran decir: “Que moderna es Almería que ha convertido su plaza principal en un parque temático de la tapa, la cerveza, la copita y el tardeo”. Para lograrlo sobraban los árboles como sobraba también el cenotafio de los Coloraos, que al fin y a la cabo solo es un símbolo de nuestra historia y ya se sabe que en Almería no nos caracterizamos precisamente por respetar a rajatabla nuestras señas de identidad. Con estos planteamientos políticos los ficus no pintaban demasiado en la nueva Plaza Vieja y el cenotafio podría quedar más bonito y más despejado frente al mar o en el Parque, para que los perros pudieran orinar sobre sus piedras y para que los bañistas, de regreso de la playa, pudieran descansar en sus escalones de mármol y sacudirse la arena de las chanclas en nombre de la libertad.



Una Plaza Vieja sin árboles es un disparate y eso lo sabe muy bien nuestra nueva alcaldesa, que parece tener claro que no hay otra salida que dejarse de caprichos ideológicos y pasar a la acción para que la plaza del Ayuntamiento vuelva a tener vida. Lo que importa ahora es la rehabilitación de un espacio que lleva varado dos décadas por una manifiesta inutilidad política. Hay una generación de almerienses que solo ha conocido abandono en el plaza del Ayuntamiento. La tarea que queda por delante es complicada, porque hay que elaborar un nuevo proyecto, hay que terminar las interminables obras de la Casa Consistorial y hay que arreglar todo el entramado de los arcos de los soportales, que en el flanco norte de la plaza presenta un estado lamentable, con las chapas metálicas que pusieron para cubrirlos llenas de óxido y despegadas. 



La alcaldesa se ha convencido también de que hay que respetar la presencia del cenotafio para no continuar con los recursos y con las querellas que bloquean el futuro de este escenario. Un monumento de estas características, que es un símbolo político y social, solo tiene sentido en una plaza del centro, ya sea la Puerta de Purchena o la Plaza Vieja. Cuando a finales del siglo XIX la ciudad se planteó dignificar y darle sentido a la Plaza de la Constitución, que tras la marcha del mercado a su nuevo emplazamiento presentaba un estado de abandono absoluto, la solución fue trasladar allí el pingurucho como así quedó reflejado en el libro de actas en el mes de julio de 1899: “Trasládese a ella el monumento de los mártires, constrúyanse jardines, plántense más árboles y coloquense asientos”.







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