Los vecinos de la torre del campanario

El campanero y su familia habitaron la torre de la Catedral hasta la Navidad de 1968

Eduardo de Vicente
00:25 • 21 jul. 2023

Mañana abre al público la torre del campanario de la Catedral, un escenario desconocido para la gran mayoría de los almerienses, ya que llevaba cerrada cerca de medio siglo, sin más vida que la que le daban las palomas que anidaban bajos sus muros.



Desde que la familia del campanero cambió de residencia, la torre se quedó aislada como si no perteneciera al monumento. Los niños de los años 70 que nos pasábamos la vida en la Catedral jugábamos a hacer incursiones por aquel laberinto de escaleras interminables. Había que subir a hurtadillas, cuando don Perfecto, el sacristán, estaba entretenido en sus labores, y hacerlo con velas y cerillas porque en los tramos de escalones la oscuridad era absoluta. Aquellas aventuras tenían un componente épico porque subíamos sin permiso y a un territorio donde no sabías con lo que te ibas a encontrar. Siempre había alguien que sacaba la leyenda de que en la torre habitaba un espíritu o lo que era peor, uno de aquellos temidos personajes de la crónica negra de la época a los que llamábamos mantequeros.



Subíamos a la torre con una mezcla de miedo y entusiasmo que alcanzaba su éxtasis cuando llegábamos al terrao y culminábamos la hazaña. Mientras ascendíamos nos íbamos haciendo la misma pregunta: Cómo habría sido la vida de aquella familia del barrio que durante décadas estuvo habitando la torre de la Catedral.



Los últimos que vivieron en ella fueron los Salazar, que estuvieron ligados a la torre desde los primeros años del siglo pasado, cuando Pedro Salazar Martínez ocupó aquel baluarte para ejercer el oficio de campanero. Fue el Obispo Vicente Casanova y Marzol el que le propuso que se fuera a vivir allí y que instalara en una de las dependencias vacías de la torre la fábrica de velas que hasta entonces funcionaba en una casa de la calle de Murcia. La pequeña empresa abastecía de cera a la iglesia de la Catedral y a las principales parroquias de la ciudad. En 1910 los Salazar ya estaban empadronados en la torre y en ella permanecieron hasta los últimos años sesenta, cuando Francisco Salazar Martínez, su esposa Felipa Zamora Molina y sus ocho hijos, tuvieron que dejar lo que había sido su hogar y su oficio. 



El último campanero de la torre de la Catedral era además funcionario del cuerpo de porteros de ministerios civiles. Trabajó en el Instituto, en Correos, en Hacienda, y en los años de la posguerra echaba horas de noche como vigilante de los fielatos. Tenía que trabajar sin descanso para sacar adelante una familia de ocho hijos ya que el sueldo de campanero era de setenta y cinco pesetas al mes, la cantidad que estuvo cobrando hasta que dejó la profesión y se fue del campanario en la Navidad de 1968. Hasta esa fecha, la vida de Francisco Salazar Martínez había transcurrido en la torre; sólo salió de ella en los días de la guerra civil, cuando obligaron a toda la familia a abandonar el campanario y a él lo encerraron en la cárcel por su estrecha vinculación con la iglesia.



La casa de los Salazar ocupaba la planta baja de la torre. Tenía cuatro troneras en alto que le daban una ventilación escasa y por donde se colaba la poca luz que iluminaba la vivienda. Disponía también de una ventanilla que era el desahogo del cuarto del váter, un pequeño habitáculo junto al jardín que daba a la puerta de los Perdones. El único sol que entraba en la casa de los campaneros era el que se colaba por la  puerta principal a primera hora de la mañana. Por eso, siempre la tenían abierta. Dentro, las dependencias eran frías porque los techos eran tan altos que cuando blanqueaban las paredes los pintores sólo podían llegar hasta la mitad del camino, ya que las escaleras no daban más de sí.



Además de las habitaciones que servían de dormitorios, la casa de la torre tenía un pozo antiguo que había sido cegado, una pila con grifo que abastecía de agua la vivienda y un cuarto para invitados que durante años ocupó una mujer, la señora Antonia, que vivía acogida por los Salazar y era una más de la casa. 



En la primera planta del campanario, durante los primeros años de la posguerra, vivió una familia sin recursos que estuvo refugiada en la torre hasta que pudo encontrar otro acomodo. Cuando la habitación se quedó vacía, el lugar fue aprovechado por Cleto Salazar, hermano del campanero, para guardar allí el contrabajo con el que se ganaba la vida tocando en la orquesta Barco. Cleto era un buen músico que además tocaba el clarinete de la Banda Municipal.


La casa de la torre estaba entonces habitada por niños, los del campanero que eran ocho y los amigos que acudían a jugar y a perderse por los ciento siete escalones que había hasta el terrao.


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