El pueblo de los siete colores

Parece el arco un puente elevado que nos invita a cruzar al otro lado de Laujar

Juan Antonio Cortés
09:00 • 13 jun. 2023

De los sueños desciende una divina paz. Eso decía Villaespesa, sentado como está en la Plaza de la Alpujarra. Allí descansa el insigne señor de Laujar con un libro a cuestas, atado a un banco como José Arcadio Buendía al castaño del patio, a la sombra de una pérgola que protege del sol tenaz de junio.



 



Dice Francisco que el azul su luz destella sobre el jardín y que un rayo de luna la sombra dibuja de Aben-Humeya. Lo ven en la imagen. No engaña. No ha lugar a filtros. Sobre un lienzo de fachadas blancas y limpias, de rincones ocres y árboles presumidos, de horizontes difusos que invitan al caminante a seguir el ruido de los cauces, de zarzamoras que esconden la belleza del reino perdido, de ecos transgresores en esos bosques donde la naturaleza se agita, el agua ruge, ruge el alma sedienta, sedienta de vida. 



Sobre ese lienzo de calles estrechas, moras y cristianas a la vez, una tarde de vino y aromas de Corpus Christi, de reposados pasos por la huerta infinita donde el viejo arrea con la azada en busca de la eterna juventud, de cabras que habitan las mazmorras de los barrancos solitarios, de escapistas de la ciudad que huyen de la jungla de asfalto y necesitan el aire soñador y el misterio de una nebulosa y espiritual montaña agradecida. 



Sobre ese lienzo, perdona Villaespesa, no hay rayo de luna que valga, pero sí hay un azul límpido y lírico como pocas verdades. Un azul sin nubes blanquecinas, sin tempestades negras, sin figuras con las que entretenerse desde la atalaya del mirador, allí donde don Francisco se presta a recitarnos. 



Él, que cruzó ciudades y admiró paisajes en un vuelo fugaz de golondrina, que en el dulce silencio campesino bebe la frescura del alba como un vino de rosas rojas conservado en nieve, habrá sentido, como cualquier laujareño adoptivo, dominguero laujareño, el latido emocionado de una imagen tan osadamente bella: ese arcoriris que preludia el verano, ese jueves de lluvia mañanera, de vides regadas por rl agua santa, de abuelos que se empeñan en recordar cuánto hacía que no se veía algo semejante. Ese arcoiris que de oeste a este cubre de poesía la tarde de un pueblo y que, geométricamente perfecto y con su sombra alargada, nos predispone a ponernos de rodillas para admirar tan sublime disrupción, es esa luz de la que habla don Francisco. 



Con sus siete colores, con un sol bajo que nos quiere tocar, parece el arco un puente elevado que nos invita a cruzar al otro lado de Laujar. Porque allí casi todo es aura. Es mística. Es metafísica. No es sólo la luz refractada cruzando las gotas de agua suspendidas en la atmósfera. Es la luz de una tierra única, de gentes que siguen diciendo Buenos días y Quede usted con Dios, agricultores y silvicultores que nunca se jubilan, viñadores que parecen sacados de la región que vio criarse a Cristo: aquella Galilea de parrales y parábolas y olivos centenarios e higueras con y sin fruto. 



¿Lo ven? Del arco emana el rojo. Majestuoso, diríase que regio. Enamorado hasta los huesos y ensimismado, que llora en la fuente barroca de la Plaza Mayor. Luego el amarillo primario, del sol nacido, de los ocres pintorescos del otoño del senderista sonámbulo. Y el naranja alegre y excitante, del alba que despunta cuando se apagan los últimos rescoldos de la noche. Y el verde. Verde de praderas donde descansa el labriego. De pinos salvajes que desafían al desierto, una urbe de pigmentos que chupan la luz en su intento desesperado de conservar el verde inmaculado de la primavera que se va.


Y el azul de los riachuelos por donde el agua baja en su curso hacia el abismo. Y el índigo, hijo que es del violeta y el azul, asomado a la osadía del mestizaje. Y el violeta, el de la lavanda de los campos hermosos de la villa, el de una transparencia sutil de Visconti


El arcoirris del jueves surge casi del Nacimiento y parece tocar Fuente Victoria. Su réplica, un poco difusa, llega hasta Fondón. 


Mientras eso pasaba, don Francisco seguía sentado en el banco del tiempo. El Gerald Brenan de la Alpujarra almeriense,  poeta sensible, un poco romántico y un todo modernista, aventurero y señor de cafés en el Madrid de los líos y las mil oportunidades, periodista atrevido y orfebre magistral en el arte de dar sentido al sinsentido de las letras.


Don Francisco sabe que Laujar es eso, un arcoiris que se ha bebido las lágrimas y no llora nunca si no es de alegría. Laujar es, sí, el pueblo de las siete luces.


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