El hijo de Lucas, el de la gasolinera

Adiós a uno de los cinco ministros que ha tenido Almería en toda su historia

José Guirao Cabrera, en una foto fechada en 2008.
José Guirao Cabrera, en una foto fechada en 2008.
Manuel León
21:35 • 11 jul. 2022

Todos los veranos hay una ola de calor, algún incendio, alguna plaga de medusas; todos los veranos hay un plante de feriantes, un camarero en la barra que no te hace caso y una nevera llena de contesas; lo que no hay todos los veranos es la despedida de un ministro de Pulpí, el quinto (no hay quinto malo) que ha tenido esta provincia desde que España es algo parecido a un país: Francisco Figueras, el hijo de un recaudador de impuestos de la Plaza del Pino de la capital; el alhameño Nicolás Salmerón (ministro y presidente), su hermano Francisco (ministro de la Guerra), el virgitano  José Barrionuevo y por último José Guirao Cabrera (Pulpí, 1959-Madrid, 2022), más conocido como 'Pepe el de la gasolinera' en su pueblo natal, del que nunca se fue del todo, en donde aún vive su madre, una nonagenaria llamada Mercedes, que ya ha tenido que sufrir la hiel de ver cómo entierran a dos de sus hijos. Se llamaba Pepe como Walt Disney -como dice la leyenda totalmente falsa que se llamaba el famoso dibujante (José Guirao) con orígenes en Mojácar- aunque de él tenía en común su pasión por el cine, ungida desde niño en las sala de proyecciones que tenía su padre en La Fuente. Porque Pepe Guirao llegó a ministro partiendo de lo más básico, criado en una familia de labradores que fueron prosperando en base al continuo trabajo. Si el exministro recién fallecido tuvo una vida fabulosa, no menos legendaria fue la de su progenitor. El siempre decía: "el Guirao meritorio no soy yo, es mi padre". 


Lucas Guirao Valverde fue de joven emigrante en Mallorca donde trabajó de pinche, vendiendo periódicos por la calle y montando una fábrica de leche para hacer mantequilla. Después de la Guerra se volvió a Pulpí y allí se quedó comprando la finca de La Máquina. Aprendió a labrar y a segar. Después aprendió a hacer cine y se iba a la zona minera de Las Herrerías a proyectarle películas a los mineros. Con los hermanos Cuenca hizo Lucas el primer cine de Pulpí y después abrió también una gasolinera y puso tomates en El Saladar y un cebadero y se fue a Francia y a Venezuela a venderle fincas a los emigrantes. Un no parar el de aquel Lucas y Mercedes, los padres del exministro muerto. "Ellos son los que se merecen un homenaje", decía Pepe a las primeras de cambio que le ofrecían un agasajo. Él se crio en ese ambiente de trabajo, de esfuerzo colectivo junto a sus hermanos, mientras sus padres se desvivían por darles estudios, lo que ellos no tuvieron.


Por eso Pepe, cuando en vacaciones volvía al pueblo desde Granada o Murcia, donde estudiaba Filología, la gente podía verlo, como a sus hermanos -Bernardino, médico, que murió demasiado pronto, algo que le marcó toda su vida, Ana y Beatriz- echando una mano a su esforzado padre en los negocios familiares, cogiendo la manguera para poner gasolina o retirando platos en el bar que había junto a la gasolinera.  Por eso decía, con razón, "mi padre es más ministro que yo, dejó la escuela con once años, sin apenas saber las cuatro reglas, y nos ha dado estudios a todos".



Apenas conocí a José Guirao, no tengo fotos con él como media Almería, pero siempre lo admiré en la distancia -como tiene más mérito admirar- observando su elegancia al hablar como un maestro de la República, su ausencia de maniqueísmo político, la unanimidad que despertaba también entre sus adversario por su buen hacer, por su apostura, por su neutralidad cultural. "En la cultura no hay buenos ni malos".


Lo vi la última vez rodeado de gente, el día que trajo la exposición de fotos de Goytisolo al CAF, con los negativos que el autor chanqueño le había legado en vida. Y me acordé de una mañana de mediados de los 90 cuando él era director general de Bellas Artes y fue a Cuevas del Almanzora a visitar el Castillo. A su lado, Diego Asensio y Antonio Llaguno. Me acerqué con una grabadora a coger unas declaraciones para la radio local. Y me preguntó: "¿No prefieres que vaya contigo a la emisora y me haces una entrevista completa con un vaso de agua fresca?". Y así hizo, dándole carrete -sin tener que hacerlo- al osado Tintín que acababa de abordarle a los pies de la fortaleza de Pedro Fajardo. Allí se le hizo esa interviu que guardo como oro en paño en una cinta de cassette, con un muchacho llamando Antonio Fernández Liria, actual alcalde de Cuevas, haciendo el control desde el otro lado de la pecera. No tengo una foto con él, pero tengo guardada su voz, la voz sosegada de un hombre cuya principal cualidad -antes que la de gran gestor cultural- era honrar la memoria de su padre Lucas, el de la gasolinera, que se lo dio todo.





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