Un viaje a Las Almadrabillas de hace un siglo

La actual zona de recreo de la ciudad junto al Cable Inglés fue un genuino barrio de jabegotes

Los marineros de Las Almadrabillas tirando del copo en una imagen de Arturo Cerdá fechada en 1903.
Los marineros de Las Almadrabillas tirando del copo en una imagen de Arturo Cerdá fechada en 1903.
Manuel León 20:24 • 02 jul. 2022

Hubo una vez un barrio de pescadores -una segunda Chanca almeriense con  casas de colores como la original- entre lo que es ahora el Parque Nuevo y el Club de Mar. Allí, antes de que emergiera el colosal ingenio del Cable, bajo la única sombra nocturna de la luna, se hacinaban decenas de casuchas de jabegotes y gente brava de la bahía almeriense. Vivían del pescado de morralla que apresaban con la jábega y eran herederos de los primitivos almadraberos nómadas que iban recorriendo las costas con sus redes a por el atún y el marrajo. De ellos tomó el nombre el barrio, aunque después ese arte ancestral quedó relegado, como en la Almadraba de Monteleva, por el de la jábega. 


Era entonces, desde mediados del siglo XIX, cuando Almería tenía por un lado a los chanqueños, pescadores de traíña y de palangre principalmente; y por otro a aquellas dinastías de argonautas que se apiñaban en el rebalaje de la calle Pescadores y en Las Almadrabillas, dedicadas a tirar de la tralla para llenar el copo de boquerones, jureles o caballas y que a veces se desplazaban también a la playa del faro de San Telmo con sus barcas de remos para buscar nuevos bancos de cardumen.


En ese barrio -por donde hoy pasean en chándal los almerienses del siglo XXI al caer la tarde, enfilando el Paseo Marítimo, bajo los arcos del Cable en reconstrucción- habitaban aquellos marengos frente a la mar a veces erizada, a veces plácida, oyendo por las noches el batir de las olas entre mástiles y cordajes, entre sus barcas de vela calafateadas y varadas en la arena rubia de la playa.



Era como un apéndice marinero de la ciudad -como la Malagueta de Málaga- como una pequeña comunidad con sus códigos y su saber ancestral de vientos y mareas, que sólo se entendía a sí misma, ajena al negocio de la uva y del mineral, aunque tuvieran que convivir con el polvo rojo que masticaban de los primitivos muellecillos  de mineral colindantes. El tío Jerónimo era el relojero, encargado de despertar a los pescadores de madrugada dando con el bastón en cada ventana de la colonia. Y al toque avisador, se iban levantando del catre en calzoncillos largos esos lobos de mar que antes de deslizar el barco por parales de sebo hasta la bajamar, tomaban café colado o una copa de aguardiente a la que llamaban ‘el gusanillo de la mañana’ en tascas como la del Azafranero o La Restinga.


Habitaban viviendas humildes y los niños descalzos, sin aún pelo en la barba, arrastraban la cuerda del copo -a veces lleno, a veces vacío de pescado- y ayudaban a varar las barcas y los remos. De inmediato, las mujeres de los pescadores salían por la ciudad a pregonar el género aún coleando ¡boquerón fresco llevo! aunque antes tenían que sortear a los consumeros que en una caseta, por donde está hoy la Cafetería Colombia, exigían el pago de un arbitrio por vender esa morralla.



Al atardecer, era frecuente ver en las puertas de las casas a hombres y mujeres dedicados a la reparación de las nasas y de las redes o colgando en las fachadas de cal pescados abiertos para que se secaran al aire y al sol. Todo  en ese arrabal urcitano olía a salitre -donde hoy apesta a letrina en la desembocadura de la Rambla- en medio de una vida agria para sus habitantes con sus soles y con sus lunas.


Desde 1877 está documentado que había en esas primitivas Almadrabillas una escuela para niños y una nocturna para adultos regentada por unos frailes y una primitiva ermita, antecedente de lo que fue después en el siglo XX la Iglesia de San Antonio. Por allí cerca estaban también los talleres de fundición de Francisco Oliveros y los de La Maquinista de don Carlos Balhsen y los seis pequeños embarcaderos del hierro granadino. Hasta que la compañía del mineral de Alquife, originaria de Glasgow (el Cable Inglés debería llamarse Cable Escocés), alteró todo ese micromundo marinero al alborear el siglo XX con la construcción del coloso que fue inaugurado por el libertino Alfonso XIII en 1904.



Fue cuando llegó a Almería Arturo Cerdá, un médico oriundo de la alicantina Monóvar, un tipo que tenía la fotografía esteoroscópica como afición pero con la que se había convertido en un genio. Tras sus inmortales imágenes de la inauguración del Puente del Salado, en el ferrocarril  de Linares a Almería, la compañía de Alquife lo demandó para que hiciera un álbum de fotos de los trabajos del Cable Inglés para regalárselo a su majestad. Y así, gracias a su pericia con la cámara, han quedado destellos de esos  ásperos marineros que habitaron esas playas de Las Almadrabillas; para que inmortalizara a esos hombres con los pantalones arremangados en la orilla, a esos niños con gorra calada  tirando de la cuerda, a esas madres esperando en la orilla con un candil a que volvieran sus hijos o sus esposos; para que retratara el acervo de esas familias enteras que andurreaban entre los raíles, entre el esqueleto de hierro y madera del gigantesco muelle de carga que estaba por venir.


Todo eso dejó retratado Cerda, un pionero en Andalucía de la imagen costumbrista, el artista del yoduro de plata que no enfocaba a gobernantes o prebostes, sino a la gente con boina y con el rostro carcomido por el sol; ese Cerdá que vino a Almería a dejar testimonio para siempre de esa otra Almería que ya no existe, para detener el tiempo de esa colonia  marinera de Las Almadrabillas que hoy nos parece tan inverosímil, pero que existió, como dijo de Jack la última superviviente del Titanic. 


Antes del Balneario Diana, antes que la fábrica del Gas y el Matadero, antes de las piscinas sindicales, antes de la gasolinera de Trino, antes del Ego actual y de esa zona de recreo de la ciudad, antes de todo eso, existió aquel viejo barrio de pescadores, como nos demuestra Cerdá con su mirada  de voyeur.


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