Todos podemos ser Catilina

Millones de Catilinas se multiplican por las redes sociales y por los mentideros cotidianos

‘Cicerón denunciando a Catilina’, óleo de Cesare Maccari , de mediados del siglo XIX.
‘Cicerón denunciando a Catilina’, óleo de Cesare Maccari , de mediados del siglo XIX. La Voz
Jacinto Castillo
21:00 • 27 dic. 2021

La paciencia es una virtud que se agota en sí misma. Hay quienes piensan que la paciencia contraviene las leyes de la inteligencia emocional, la cual preconiza caminos desesperadamente cortos hacia la felicidad o a lo que sea que se llame así.  Catalina abusó de la paciencia ajena hasta límites insospechados, según reza la Historia. Más concretamente, abusó de la paciencia de Cicerón y por eso se llevó las conocidas Catilinarias, que constituyen una de las broncas más célebres de todos los tiempos. Fueron cuatro, de las cuales la primera arranca con un poderoso y eficaz recurso retórico que ha quedado para la posteridad: ¿Hasta cuándo abusarás, Catilina, de nuestra paciencia? Incluso, hay quienes se la saben en latín y hacen gala de una erudición que se está perdiendo (Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?)



Al igual que Cicerón, Catilina es inmortal. Pero su inmortalidad es bien distinta de la de Cicerón. Catilina, que no quiso aceptar las severas normas de la República se entregó a quebrantar la paciencia de los senadores romanos. Ahora, millones de catilinas se multiplican por las redes sociales como si fuesen un virus moral. Catilina De todo aquello hace más de veinte siglos y eso es mucho tiempo. Catilina ahora no necesita molestar a los padres de la patria con sus excesos. Le basta con intentar convencer a la gente de que posee las cualidades de las cosas que come, de los deportes que practica y de su perro. Con eso ya tiene bastante para agotar la paciencia de quien se atreva a interesarse por sus cosas. 



El perfil Catilina se ha construido un perfil en Facebook en el que multiplica la presencia de fotos propias y frases copiadas de un libro de autoayuda en las que presume de ser delicioso, saludable y tierno. Esto es, que tiene las mismas virtudes de esa trilogía antes citada: comida ejercicio físico y mascota. 



Catilina no tiene amigos de verdad, solo falsos aduladores. Una turba de ociosos que le siguen por las calles imaginarias de la nube digital y que responden de inmediato a sus selfies y a sus ocurrencias. Por eso, Catilina es youtuber, instagramer y tiktoker. Incluso, es influencer de malas influencias. El delito de Catilina no es la iniquidad más estúpida sino la estupidez convertida en exhibicionismo. 



Catilina amontona y encadena frases lapidarias contra no se sabe qué parte del sistema para convencer con sus reflexiones a quienes son incapaces de entenderlo. Por cosas como esa, Catilina agota eternamente la paciencia de Cicerón y de cuántos se sienten y se sientan a su lado. 



Sobre todo, porque mezcla sin orden ni concierto las palabras y las fechas de la historia con alguna frase vacía de Jorge Bucay o de un sujeto de Buytrago que decidió raparse la cabeza y vestir una túnica del color azafrán,



Lo que dice Catilina Dice Catilina que los perros son mejores que las personas porque él mismo nunca fue mejor que su perro.  



Dice Catilina que todos los políticos son iguales porque detectar la diferencia entre unos y otros está muy lejos de su capacidad intelectual y de la de buena parte de su audiencia. 


Dice Catilina que la pandemia es un invento de la industria farmacéutica, porque nunca entendió la diferencia entre un virus y un mal chiste. 


Dice Catilina que la Humanidad es un experimento de unos extraterrestres que habitan una galaxia tremendamente aburrida. 


Dice Catilina que es necesario amarse a uno mismo para poder amar a otro, pero no sabría distinguir el amor del narcisismo. 


Catilina siempre anda buscando quien le engañé para acumular argumentos falsos con los que tratar de engañar a los demás. Se cree un macho alfa, pero solo es uno más en versión beta. Catilina llegó a decir que el hombre no había pisado la Luna y luego se desdijo sin pedir disculpas.  


A Catilina nadie le dice lo que debe hacer porque no le importa a nadie lo que pueda llegar a hacer. Por eso, presume de libertad entre quienes se atreven a escuchar sus fanfarronerías


Al venerable Cicerón solo le recuerdan los estudiantes de letras, los latinistas y algunos lectores de novela histórica.  A Catilina no hay quien pueda eludirlo en su afán por agotar la paciencia. Son cosas de la condición humana. La inmortalidad de Cicerón huele a cementerio vedado y a libro amarillento; la de Catilina despide un inquietante tufo a comida basura y a vestuario de gimnasio. Nadie o casi nadie es Cicerón, pero todos podemos ser Catilina. 


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