El bibliotecario de Almería que era sobrino de Franco

Hipólito Escolar cogió un día papel y pluma y le contó al Caudillo lo de su hermano bastardo

Hipólito Escolar junto a Conchita Franco, sobrina del caudillo, a través de su hermano bastardo Nicolás Franco, paseando por Almería en los años 50.
Hipólito Escolar junto a Conchita Franco, sobrina del caudillo, a través de su hermano bastardo Nicolás Franco, paseando por Almería en los años 50.
Manuel León 01:37 • 07 nov. 2021 / actualizado a las 07:00 • 07 nov. 2021

La mañana del 8 de abril de 1950, el director de la Biblioteca Villaespesa de Almería, Hipólito Escolar, escribió una carta cuyo destinatario tenía despacho en el Palacio de El Pardo en Madrid. El remitente pensó mucho los términos de la misiva, la redacción, los sustantivos y los verbos, antes de firmarla y certificarla en la oficina Central de Correos de Almería. Lo pensó tanto, porque podía irle la vida en ello. La persona que abriría esa carta era el Caudillo de España y de todos los ejércitos y era un asunto de los más confidencial.


El gran Hipólito escolar, a quien solo recuerdan ya los almerienses de antaño, llegó a Almería en 1947 a tomar posesión de su puesto como primer director de la recién ungida biblioteca Villaespesa. Era un erudito segoviano, que terminó escribiendo una docena de libros, divulgando obras de Marcial y Cicerón, que había sido alumno de Antonio Machado y que, con ayuda de los intelectuales almerienses de la época, convirtió la Villaespesa en un dinámico centro cultural dentro de la grisura que asolaba la ciudad en esos tiempos de Posguerra. 


Se acababa de casar con Conchita Franco Elvira y en Almería les nacieron sus dos hijos: Carlos y Alejandro. Escolar, de talante liberal según los que le  conocieron, supo atraer a la biblioteca almeriense a las figuras más ligadas a la cultura del momento como la profesora Celia Viñas, el artista Jesús de Perceval, al director del diario Yugo, Eduardo Molina Fajardo o a conferenciantes como Dámaso Alonso, Gerardo Diego o Manuel Alvar.



Fue la llegada de Hipólito   unida a la actividad de los intelectuales locales, como un soplo de aire fresco, el primero, tras el sofoco de la Guerra y de la Postguerra.


Todo lo que de cultural o artístico se hacía en Almería pasaba entonces por la Villaespesa, que no era ni mucho menos una sola sala de lectura o de préstamo de libros donde estudiaban los escolares o donde leían el periódico los jubilados. Fue  una biblioteca moderna, adelantada a su tiempo, gracias a los aires renovadores de ese segoviano que destacaba por sus grandes gafas de concha.



Hasta entonces, Almería solo había dispuesto de biblioteca en una de las salas del Instituto (actual Escuela de Artes) con todas las limitaciones que su adscripción al centro académico imponía.


La apertura de la Villaespesa, en el Paseo 22, vecina de La Granja Balear, donde hoy está la Perfumería Druni supuso una edad de oro para la cultura capitalina: se organizaban casi a diario actividades artísticas, conferencias como las del doctor Arigo sobre la locura de don Quijote, lectura de poemas,  actuaciones musicales y conciertos de pianistas como Cubiles o Vicente Querol, presentación de novedades literarias y un sinfín de iniciativas, apadrinadas, eso sí, por el Gobernador Civil, Manuel Urbina. Se creó una Asociación de Amigos de la Biblioteca Villaespesa compuesta por más de 400 miembros.  El propio Hipólito, años después cuando ya había sido nombrado director de la Biblioteca Nacional, se acordaba del centro almeriense y la solía poner como ejemplo de biblioteca pública en un tiempo tan carente de toda iniciativa que no fuera la de la barojiana lucha por la vida.


A Hipólito y su esposa Conchita, que venían de Madrid, les costó acostumbrarse a ese ambiente provinciano en el que solo se podía disponer de lo elemental. Al principio el joven matrimonio se albergó  en una pensión de la Plaza de San Sebastián, “rodeados de una población primitiva que, en algunos casos vivía en cuevas y practicaba la promiscuidad”, escribió Escolar en sus memorias. Se sobrepusieron cuando pudieron alquilar un chalecito  subvencionado por el Ayuntamiento y que Conchita fuera contratada como ayudante de biblioteca, hasta que nació su primer hijo y fue sustituida por un ordenanza, que entre otras funciones tenía la de ir agitando la campanilla cuando se acercaba la hora de cierre de la sala de lectura.


El bibliotecario se implicó en muchas acciones para mejorar la vida cultural de la ciudad, tenía un programa en Radio Almería donde divulgaba las obras que había en las estantería de la Villaespesa y participó en denunciar la pérdida del Mihrab junto a la Iglesia de San Juan a manos de un contratista desalmado que lo destrozó a golpes con un marro y que terminó en la cárcel.


Aunque iban aclimatándose cada vez más a Almería, la familia Escolar quería volver a Madrid, ahora que se había implicado también como socio fundador en la Editorial Gredos. Y lo logró en 1952, tras una estancia de cinco años en la sureña y risueña Almería, donde dejó buenos amigos como el catedrático Antonio Relaño.


En 1982, la Tertulia Indaliana se acordó de él para darle el Indalo de Oro en el restaurante La Reja y un año después regresó otra vez a Almería para impartir la conferencia inaugural de la nueva biblioteca Villaespesa trasladada a su actual  ubicación en la calle Hermanos Machado.


Pero antes de todo eso, antes de sus libros y su retorno a Madrid, Hipólito había escrito esa carta aquella mañana de primavera en su despacho de Almería, mientras le llegaba desde la ventana el fragor del ajetreo del centro de la ciudad, mientras pensaba de qué manera tenía que dirigirse al Dictador en un asunto tan delicado. Lo descubrió el escritor Carlos Fernández en una biografía de Franco publicada en 1983 por Argos-Vergara. Se sabía que en el archivo personal de Franco había aparecido una carta en la que alguien cercano a la familia le ponía en antecedentes de que tenía un hermano bastardo, Eugenio Franco, fruto de la relación de su padre Nicolás durante su estancia con la Armada en Filipinas en 1889, con la hija de un compañero militar llamada Concepción Puey. Eugenio,  se crió en Manila pero, con los años volvió a España, se avecindó en Malasaña y se empleó como topógrafo, sin darse a conocer nunca a su Generalísimo hermano.


Una hija del bastardo, Conchita como su abuela, con el tiempo se convirtió en la esposa del bibliotecario que dirigió la Villaespesa. El mismo que escribió al amo de España con remite en Almería: “Me he creído en el deber de informar a usted  simplemente para que sepa que con el mismo entusiasmo que le defendí en la Guerra de Liberación desde las trincheras, hoy le sirvo en mi destino en la biblioteca de Almería y seguiré siempre a las órdenes de V.E. con más motivo ahora que un hijo mío lleva la sangre y el apellido del Caudillo de España”.


Su suegro Eugenio, que nunca quiso saber nada de su hermanastro el Generalísimo, nunca aprobó que Hipólito enviara esa carta ni consta tampoco que Franco la contestara ni que llegase a querer conocer a su hermano filipino. Lo que consta como cierto es que en el último Consejo de Ministros al que asistió el Dictador en 1974,  firmó el Decreto de nombramiento de Hipólito Escolar -su sobrino político bastardo- como director de la Biblioteca Nacional, el sueño que persiguió Hipólito toda su vida. Se jubiló en 1985 y en 2009, con 90 años, falleció en Madrid, tras un vida dedicada a los libros, el hombre que se atrevió desde Almería a contarle a Franco, en pleno apogeo del Régimen, cuando ante el más mínimo desliz a uno le podían cortar la cabeza, que su Excelencia tenía un hermano bastardo.


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