El Miércoles Santo hace sesenta años

Los años 60 trajeron una profunda crisis de fe que afectó a las procesiones en Almería

La cofradía del Prendimiento con sus mantillas desfilando por las calles de Almería a comienzos de los años 60.
La cofradía del Prendimiento con sus mantillas desfilando por las calles de Almería a comienzos de los años 60.

Había dos ‘semanas santas’: la laica, que empezaba el viernes que nos daban las vacaciones en los colegios y en los institutos y se extendía a lo largo de toda la semana, y la religiosa, que estaba llena de altibajos y de contrastes, que se iniciaba el Domingo de Ramos, desaparecía durante dos días y volvía a aparecer el Miércoles Santo para llenar las calles de luto y de silencio.


Para los niños de hace medio siglo, la Semana Santa era como un ensayo del verano, unas vacaciones en miniatura que vivíamos con esa intensidad que requieren los momentos breves. Nada más empezar a disfrutarla veíamos el final con el regreso a las aulas a la vuelta de la esquina. 


La Semana Santa laica olía al perfume de los primeros helados de la temporada y a la colonia festiva que las muchachas del barrio estrenaban para el Domingo de Ramos. La Semana Santa laica nos dejaba en el paladar el regusto de aquellos roscos caseros que hacían nuestras madres con una paciencia infinita, que se convertían en nuestro sustento preferido a lo largo de siete días. 



Todas las  ‘semanas santas’ de mi vida se pueden resumir en aquel olor a harina, huevos y azúcar que impregnaba todos los rincones de mi casa. Los roscos tenían que durarnos toda la semana, pero los últimos, los que aguantaban hasta el Domingo de Resurrección, ya nos parecían distintos, como si les faltara algún ingrediente, cubiertos por esa capa de melancolía que nos producía tener que volver a la escuela al día siguiente.


La Semana Santa religiosa empezaba de verdad el Miércoles Santo, cuando salían las primeras hermandades auténticas. Eran tiempos complicados. Eran los años sesenta y la sociedad había empezado a girar a un ritmo vertiginoso. Las autoridades se empeñaban en mantener la tradición del silencio absoluto, de que no circularan ni los coches de juguete por las calles, que no hubiera ningún gesto festivo en los días de luto. Pero la realidad era otra muy distinta. Una nueva juventud, asentada sobre los pilares de la imparable clase media, empezaba a imponerse en medio de una marcada  crisis religiosa. 



Los templos, los sermones y las manifestaciones religiosas empezaban a quedarse fuera de contexto y los adolescentes del guateque y el tocadiscos no se dejaban convencer ni por los curas con guitarras que empezaron a florecer por todas las parroquias.


Aquellas ‘semanas santas’ de los primeros años sesenta fueron un cruce de caminos, una convivencia forzada entre la tradición religiosa y la moda que traían los nuevos tiempos. Había que mantener la tradición, pero los jóvenes estaban cansados de ese exceso de pecado en el que se habían educado y habían empezado a desertar de los templos. Había llegado una revolución verdadera. 


La Semana Santa de 1961 quería ser como eran las de la posguerra, con su bando oficial de la Alcaldía en el que se prohibía la circulación rodada a partir del Jueves Santo. Todavía estaba funcionando la Archicofradía de la Hora Santa que todas las noches le rendía culto a Jesús de la Pobreza en la iglesia de las Claras. Aquel cristo, que salía de madrugada hacia la cumbre del cerro de San Cristóbal, representaba una Semana Santa en retirada. La costumbre de recorrer las calles antes del amanecer solo la pudo aguantar el Cristo de la Escucha.


Todavía se mantenía la tradición de que las hermandades salieran muy tarde, quizá para que tuvieran más espiritualidad y menos carácter festivo. La cofradía de Estudiantes se echaba a la calle a las diez menos cuarto de la noche y se plantaba en el Paseo en una hora. En aquellos tiempos los pasos eran tronos que no llevaban costaleros, sino ruedas y un grupo de jóvenes empujando debajo.


El Prendimiento salía a las diez, y media hora más tarde lo hacía la procesión del Nazareno, que entonces  realizaba el encuentro en la Plaza de la Catedral. Era un acto multitudinario que contrastaba con el escaso ambiente que acompañaba a los desfiles por las calles. La costumbre en Almería era ir a ver las procesiones al Paseo, que según se decía  entonces, era donde realmente lucían. 


Cuando atravesaban la carrera oficial los pasos volvían a quedarse solos y la desbandada era general, ya que siempre se hacía muy tarde y al día siguiente había que trabajar. En aquellos primeros años sesenta el Jueves Santo era festivo a partir de las dos de la tarde, en ese instante la ciudad se quedaba en un silencio sobrecogedor.


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