La Catedral: La plaza que perdimos

20 años después de la última remodalación, la Catedral no ha podido recuperar su alma de plaza

La Plaza de la Catedral es un lugar de paso para la ciudad y un buen escenario para las fotos de los turistas.
La Plaza de la Catedral es un lugar de paso para la ciudad y un buen escenario para las fotos de los turistas.

Han pasado veinte años de la última reforma de la Plaza de la Catedral, la que la convirtió en un espacio más diáfano y le dio más realce a la fachada del monumento, pero la que se llevó por delante su esencia de plaza.


Aquí, en el sur del sur, teníamos un concepto de plaza que seguramente se quedó anticuado para los arquitectos modernos, pero que formaba parte de nuestra  forma de relacionarnos. Aquí entendíamos una plaza como un lugar de encuentro, como un gran vientre materno donde íbamos a reunirnos para convivir: los niños a jugar y los padres y las madres a contarse sus vidas. Entendíamos una plaza como un espacio habitable, un lugar de días de diario, más acogedor que estético y más abrigado que abierto. 


Una plaza  para ser considerada como tal, tenía que tener ese poso de desgaste e incluso de viejo que tienen los lugares vividos. Una plaza tenía que ser una invitación a quedarse, una referencia de la vida vecinal que desapareció totalmente en la última reforma.


La Plaza de la Catedral es más un camino de paso que una plaza, un páramo sembrado de palmeras donde no hay un metro de sombra, salvo la que proyectan sus edificios a primera hora de la mañana, cuando manda el sol naciente. Es verdad que las palmeras forman una acertada conjunción arquitectónica con el monumento y que esos espacios abiertos refuerzan los edificios que  rodean la plaza y tanto la Catedral como el Palacio del Obispo han ganado protagonismo con el cambio, pero no es menos cierto que nos quedamos sin plaza y que no se han cumplido una parte de las expectativas que se establecieron hace ahora veinte años cuando el proyecto de rehabilitación estaba recién terminado.



Entonces se dijo en voz alta que la nueva reforma pretendía darle vida a la plaza para que la gente pudiera además de pararse a contemplar la belleza de la Catedral, sentarse cómodamente y compartir. En este aspecto, el proyecto no ha cumplido sus objetivos y la Catedral, entendida como plaza, ha sido un absoluto fracaso.


La vida diaria que habitaba la plaza se ha cortado de raíz porque no hay un solo espacio en el entorno que invite a quedarse. La gente pasa de largo por la plaza, es un cruce de caminos por el que también transitan las motos a pesar de ser un escenario peatonal. No existen elementos vegetales ni bancos que convoquen a la gente. Las palmeras solo son un elemento estético porque ni dan sombra ni facilitan que se realicen otras actividades.Atravesar la Plaza de la Catedral en pleno verano, cuando el sol cae como un castigo, es como caminar por un desierto. 


Ha ganado la estética, pero ha perdido el sentido común, el que nos recordaba que veníamos de plazas acogedoras, de plazas con alma de sala de estar y mesa de camilla, plazas con viejos que se sentaban a la sombra en verano y que en invierno iban buscando el rincón donde mejor calentaba el sol.  Ahora se pasa de largo por la plaza y salvo los turistas que se paran a echar fotos, nadie se detiene a mirar los monumentos porque el escenario no invita a quedarse.


Los inquilinos de la actual Plaza de la Catedral son los perros que van allí a orinarse y los curas que van y vienen al Obispado, al templo y a la casa sacerdotal del antiguo Seminario. Hace cincuenta años, cuando la plaza no era peatonal y podían circular los coches, existía un espacio acotado en el centro, un circulo amable con bancos y jardines que se llenaba de gente todas las tardes. Es verdad que el lugar había perdido fuerza con la reforma a la que fue sometido después del rodaje de la película Patton, a finales de los años sesenta, pero con todos sus defectos conservaba la esencia de plaza del sur que siempre tuvo. 


Los árboles que se quitaron no estorbaban, podían haber tenido acomodo en los rincones para no taponar la visión de las fachadas monumentales y tampoco estaba de más la fuente, que tanto invitaba a quedarse. 


La Plaza de la Catedral ha ganado en estética y veinte años después de su reforma ha conseguido el objetivo que buscaba de darle más luz y más realce a sus edificios importantes, pero ha perdido la fuerza que le daban los vecinos, ese río de vida continua de la gente que la habitaba.


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