El palacete de la Torre de los Ángeles

Dos intrépidos hermanos, Gregorio y Cecilio Rodríguez Dionis, edificaron una casona de ensueño

Cecilio Rodríguez  junto con su esposa, hijos y personal de servicio, en la casona, en una foto del Museo de Terque.
Cecilio Rodríguez junto con su esposa, hijos y personal de servicio, en la casona, en una foto del Museo de Terque.

Pertenecía esa casona fabulosa a una época en la que los ricos eran muy ricos y los pobres muy pobres. Un edificio de granito y fuentes de mármol, de grandes puertas de roble,  jardines franceses y un pequeño lago con pinsapos. Era como un lugar de fantasía en un  paisaje  áspero a donde aún apenas había llegado la ciudad. El palacete de la Torre de los Ángeles y toda la finca y huertas circundantes tenían una superficie de casi tres hectáreas entre la Calzada de Castro y las inmediaciones de la Estación. Y aún está ahí la obra de fábrica, conservada su sólida estructura ahora como una Escuela Infantil con el mismo nombre, junto a la calle Padre Méndez.


Ya casi no queda nadie vivo que mantenga en su retina esas bellas estancias burguesas de la Almería antigua rodeadas de un paisaje bucólico, pero la Casona de la Torre de los Angeles fue durante los primeros años del siglo XX uno de los centros de poder de la ciudad. Allí se organizaban tertulias vespertinas alimentadas por los principales propietarios de la Almería de entre siglos, los señores de la uva y del metal, que decidían cómo organizar sus negocios para no pisarse el rabo mutuamente; allí se organizaban veladas de guitarra y de acordeón durante las noches de verano con el rumor de fondo de las fuentes, protegidos los invitados del achicharrante calor bajo el limonero.


La Torre de los Angeles fue el capricho de los hermanos Gregorio y Cecilio Rodríguez Dionis, dos intrépidos laujareños con mucho crédito y arrojo en la Almería del siglo pasado. Allí pasaron sus mejores años de madurez, sobre todo el segundo, porque Gregorio tenía también entre sus bienes y disfrute la célebre finca del Canario, en los Callejones de Huércal de Almería.


Gregorio Rodríguez Dionis, el mayor, nacido en 1848, partió siendo aún muy joven desde el regazo de su pueblo alpujarreño a la isla de Tenerife, un lugar exótico entonces para un muchacho criado en un pequeño pueblo de Almería y que no entraba ni por asomo en las rutas habituales de la emigración almeriense de la época. No hemos podido descubrir cuál fue el imán que atrajo a Gregorio a marchar a las Islas Canarias. Allí prosperó como comerciante de víveres, tejidos y tabaquería e inició un negocio de explotación de azufre y piedra pómez en el Teide y construyó el primer camino hacia el volcán en 1884. Se casó con Serafina Domínguez Ángel de la Rosa, hija de una hacendada familia de la ínsula. Hizo fortuna y amigos, Gregorio, pero albergó siempre en su corazón la ilusión de la vuelta a su tierra.



 Y así lo hizo, ya con más media vida gastada entre guanches. Regresó rico, muy rico, y compró una gran hacienda a la entrada de Almería, Los Callejones, donde edificó esa suntuosa mansión llamada El Canario porque así era conocido este prócer tras su vuelta de Tenerife. También adquirió viviendas por el centro de la ciudad, en la confluencia de la calle Navarro Rodrigo con Reyes Católicos. Y rubricó sus inversiones, junto con capital aportado por su hermano, con la adquisición de ese inmenso predio conocido como la Huerta de la Torre de los Angeles, donde restauró varios cortijos campesinos que allí había desde la noche de los tiempos.


Gregorio fue alcalde de Almería en 1906 y entre sus disposiciones más llamativas estuvo la de darle mayor realce a los carnavales, con más vistosidad y menos chabacanería, influenciado por los que había vivido en Tenerife. Colaboró en la financiación de la línea de ferrocarril Linares-Almería y dirigió la primera sociedad que se formó para embarcar el mineral de hierro de Alquife. Gregorio tuvo su casa principal en lo que fue con el tiempo la Librería Cajal, que antes había albergado un almacén de vinos Flor de la Mancha y un despacho de Aguas de Araoz. Falleció, este eminente emprendedor, en 1912, siendo presidente del Puerto de Almería, tras sustituir a José Batlles Benítez. Su viuda le estuvo poniendo esquelas en los periódicos por su aniversario durante más de veinte años. El matrimonio no tuvo descendencia y legó su colosal patrimonio a dos de sus sobrinas, tras morir Serafina en 1929.


Cecilio Rodríguez Dionis, el otro propietario de la Torre de los Angeles, estuvo más focalizado hacia la minería y fue en los años 20 el tesorero del Casino. Se casó con Francisca Benítez, una cuñada de Gregorio, hermana de su mujer, con lo cual matrimoniaron dos hermanos con dos hermanas. Solía ser menos bregado que su hermano, más bon vivant, y acudía todos los años con su señora a Vichy a tomar las agua. 


El matrimonio tuvo tres hijos: Cecilio, que se casó con Matilde Valero, murió joven en 1909; Serafina, que matrimonió con el ingeniero Enrique Paniagua Porras, oriundo de Terque, y tuvieron seis hijos; Enrique, Gregorio, Cecilio, Serafina, Fernando y Socorro; y Angelines, que se casó con José Torre Marín Leal de Ibarra, el quinto conde de Torre Marín, que falleció en 1936. Tuvieron tres hijos: José Torre Marín, casado con Natividad de las Pozas, quienes heredaron la finca El Canario de su tío Gregorio; Francisco, que murió joven y Marita, quien se casó en 1926 con Enrique Vela-Hidalgo, hijo del delegado de Hacienda en Almería y presidente de la Sociedad La Peña, en la Plaza Circular. Fueron los herederos de la huerta y la casona de la Torre de los Angeles, los últimos que se solazaron en sus jardines y sus fuentes en los días de verano, cuando regresaban de Madrid, hasta que comenzó la Guerra. Vela Hidalgo era capitán de Caballería y ha pasado a la historia como ‘el ángel del Alcázar’ en la hagiografía falangista. Fue quien leyó la declaración del Estado de Guerra en la Plaza de Zocodover de Toledo durante el Alzamiento y quien llevó el mando, junto a Moscardó en la defensa del Alcázar. Perdió la vida cuando le cayó un obús en la cabeza en la Casa de Campo, en el Frente de Madrid, cuando fumaba un cigarrillo Antes de todo eso, Enrique Vela, fue uno de jugadores más destacados de los inicios del fútbol en la ciudad, cuando militaba en el Atlético Almería. 


La casona terminó saliendo a subasta y tras la Guerra se convirtió en Hogar Infantil para 50 niños huérfanos, en lo que ya se empezaba a llamar el Camino de Ronda.



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