Desérticos sin barreras: “¿Miedo a caerme? Miedo a no levantarme”

Manuel Fernández descubre un relato de esfuerzo y superación en el corazón de La Desértica

El dron de Tucán Soluciones Aéreas captó a Manuel Fernández en una de las subidas de La Desértica 2019. Tucán
El dron de Tucán Soluciones Aéreas captó a Manuel Fernández en una de las subidas de La Desértica 2019. Tucán

Entre la salida en Almería y la meta en Roquetas de Mar hay asfalto, ramblas, piedras, senderos, mucha montaña y poco descanso, historias de esfuerzo y ejemplos de superación. Y luego está Manuel Fernández Miranda. “Estoy preparado, sabía que iba a acabar”.


El paso de Manuel por la tercera edición de La Desértica parece una metáfora de todas las barreras derribadas a lo largo de su vida. Con solo 17 años perdió la pierna izquierda tras ser arrollado por la motocicleta y sufrir una grave infección en el hospital, no atendida convenientemente.  “La vida se me hizo muy dura, tenía 17 años recién cumplidos, había perdido la pierna a la altura de la rodilla y no tenía estudios”, cuenta mientras sostiene una taza en una cafetería de El Ejido.




“Yo vivo al lado del mar, pero en mis primeros años de amputado me costaba quitarme la prótesis para bañarme en la playa. Las personas que pasaban a mi lado no paraban de mirarme. Algunas veces se reían de mí e imitaban mi cojera”, recuerda. “Me costó mucho quitarme la pierna en las playas y las piscinas”.


Manuel optó entonces por el camino más difícil. Crecer. “Empecé a trabajar por las mañanas en una empresa de transportes y luego a estudiar en un instituto nocturno”. Unos años después, tenía un máster en contabilidad, se convirtió en operador de transportes y se sumergió en estudios de relaciones laborales (graduado social) y francés. 


Y agarró con fuerza su pasión por el deporte. “Había una subasta en eBay, un pie para correr, pujé por él y me lo quedé. Luego me lo adapté y así aprendí a correr por mi cuenta”.


Buceo, carrera, ciclismo... “Me levanto a las 6.30 horas de lunes a viernes para ir al gimnasio. Hace tres años empecé a montar de nuevo en bicicleta. Me compré una barata del Carrefour, de 100 euros”, explica entre risas. Se le quedó muy corta.


La carrera

A sus 46 años de edad, Manuel Fernández Miranda se colocó el pasado 19 de octubre la rodilla metálica y se unió a los 6.000 desérticos en la salida de la carrera de ultrafondo del Tercio Don Juan de Austria de la brigada de la Legión junto a su compañero Alberto.


Por delante, 100 kilómetros de tierra, de senderos muy técnicos y rocas sueltas de esas que amenazan la rueda en cada pedalada. “La zona de El Marchal de Enix es muy dura, hay muchas piedras y hay tramos donde solo se puede que subir andando”, explica con el tono de respeto de quien vio el peligro y cuenta la amenaza. 


Antes del punto de avituallamiento número ocho, en el ecuador de la prueba, la prótesis perdió presión en su muslo. Había acumulado este año 9.300 kilómetros de entrenamiento y, a mitad de recorrido, la logística le fallaba. “Yo uso la rodilla más barata porque una de última tecnología puede llegar a costar más de 60.000 euros”, advierte.

Carmen Rueda y Manuel Fernández Miranda.
Carmen Rueda y Manuel Fernández Miranda.La Voz


Pero existe una rara combinación de diversión en el sufrimiento deportivo y Manuel se rehízo para completar La Desértica, como antes hiciera con La Africana en Melilla y La Cuna de la Legión en Ceuta. “Todavía no he conseguido coger plaza para Los 101 kilómetros de Ronda”, lamenta.


No fue sencillo. En la entrada a Roquetas de Mar perdió el equilibrio y acabó en la arena con su bicicleta. Sus gafas adornan ahora algún seto de la rambla. “No las encontré, era de noche y no veía nada. Me tenía que ir guiando por las luces de los corredores”, rememora entre risas por sus problemas en los cruces siguientes. 


Un ejemplo

Manuel Fernández Miranda destaca el compañerismo de la gran fiesta deportiva de la Legión en Almería y lanza un mensaje constructivo. “Cuando sufres algo así se te viene el mundo encima. Yo le diría a toda persona amputada que no se quede en la silla, que haga algún tipo de deporte. El muñón es un músculo más, hay que ejercitarlo para que no se deteriore. No hay que ponerse límites”.


 Hoy Manuel, padre de “dos niñas preciosas”,  compagina su trabajo en el sector del transporte y las exportaciones con  su labor pedagógica como delegado en la provincia de Almería de la Asociación Nacional de Amputados de España (Andade), con la que intenta ayudar a otras personas a superar los miedos que él conoció con solo 17 años. “¿Miedo a caerme? Yo tengo miedo a no levantarme”.


 

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