Historia de la primera patera

El 15 de agosto de1991, cuatro rifeños de Ketama vararon su barcaza en Adra

Inmigrantes subsaharianos apiñados como sardinas a bordo de una lancha neumática.
Inmigrantes subsaharianos apiñados como sardinas a bordo de una lancha neumática. La Voz
Manuel León
23:34 • 20 may. 2018

Cuando Boitiar, Mohines, Boldo y Tamisslaud, cuatro morillos de alma aventurera, embarrancaron en la playa de La Rosalida de Adra, no sabían -nunca lo llegaron a saber- que estaban haciendo historia.


Era el 15 de agosto de 1991, clareaba el día después de una noche de luna llena y se habían convertido en los primeros inmigrantes que tocaban playa almeriense con la proa de una patera.


Les duró poco, sin embargo, la emoción de pisar nueva tierra: a las 7.30 de la mañana, la Guardia Civil de Adra avistó la embarcación varada y procedió a la detención de los grumetes que no llevaban ninguna identificación, pasando a disposición del titular del  juzgado de Berja, según la crónica apresurada de los sucesos de ese día firmada por el inolvidable Antonio Jiménez.


Después de la singladura inaugural de aquellos  marcopolos rifeños,hace ahora 27 años, fueron llegando -siguen y seguirán llegando por siempre- cientos y miles. Unos han ido siendo repatriados, otros pudieron escapar del cerco policial o duermen para siempre, con la panza hinchada y el rostro cerúleo, en el fondo del Mar de Alborán.




Fue la televisión lo que engolfó a esos cuatro jóvenes en su Ketama natal; fueron esas imágenes de abundancia que aparecían en las series francesas y españolas lo que les abrió el apetito del sueño europeo: esas calles con coches relucientes, esas viviendas confortables, esos jardines de hierba mojada. Todas las noches  de ese verano se las pasaron los cuatro, junto a otros del pueblo, mirando la tele en la puerta, con una taza de  té entre los dedos, discutiendo  sobre la verosimilitud de lo que asomaba por la pantalla.


Mohines, el mayor, de 29 años, agricultor, con esposa y tres hijos,  era el que con más ahinco rumiaba la excursión a la tierra prometida, el que más se emocionaba con alcanzar ese mundo ubérrimo de leche y miel; Tamisslaud, el que más hierba fumaba, con el pelo ensortijado, era carpintero; Boitiar, con una camiseta de Butragueño y la publicidad de Zanussi, se dedicaba a apacentar ganado; el benjamín era Boldo, con 19 años, sin oficio conocido más allá de pasar resina de hachís a los italianos que subían  cada año en motocicleta hasta esa montaña desde Alhucemas.


Era Ketama entonces, cuando se unció el deseo de partir en el corazón de esos cuatro temerarios, un poblado de casas de yeso rodeado de plantaciones infinitas de cannabis, con un hotelito blanco que disponía de agua corriente para los extranjeros y que estaba clavado en una calle principal de tierra cenagosa donde, en los días de mercado, los rifeños montaban tenderetes con lona y alambres de los que colgaban   cabezas de cordero con los ojos desorbitados. La algarabía se adueñaba esas mañanas de la aldea, con esos magrebíes orgullosos, herederos de la estirpe de AbdelKrim, discutiendo el valor en dirham de las mercancías.


Se había corrido la voz, de poblado en poblado, de que Europa iba a limitar la entrada de extracomunitarios y desde finales de los 80 -1988 concretamente- habían empezado a llegar las primeras pateras a las playas de Cádiz.


Algeciras y Tarifa estaban ya muy familiarizadas con esos desembarcos clandestinos cuando Almería aún permanecía virgen. Hasta que en el mes de mayo de ese año de 1991 entró en vigor la obligatoriedad del visado para los súbditos magrebíes, ante los primeros ensayos del espacio Schengen,  y los cuatro amigos de Ketama decidieron no esperar más: compraron por 4.700 francos una barca sin quilla, en desuso, a un pescador de La Mar Chica de Nador y el ebanista Tamisslaud le calafateó las juntas con masilla, estopa y alquitrán, le equilibró las cuadernas y añadió traviesas para hacerla más sólida.


Juntaron algún dinero para incorporarle un motor fuera borda y decidieron salir una tarde agosteña de calor pegajoso desde una ribera de Cabo Tres Forcas, con un bidón de agua, unos dátiles en el bolsillo, una petaca de hierba para fumar, un machete en el bolsillo del chándal y una dirección del barrio madrileño de Aluche garabateada en una cuartilla.


Mohines gobernaba la patera con el compás entre las piernas, marcando un rumbo de 340 grados con una mar en  calma donde solo se oía el aleteo de los marrajos.Doce horas y 90 millas después, exhaustos de la travesía, avizorados por la Benemérita, el sueño europeo alentado por el televisor se había desvanecido para los cuatro rifeños en la cubierta del Melillero, con las ropas oliendo aún a salitre, mientras eran repatriados de nuevo hasta Nador por orden de Ramón Lara.


Unos días después llegó una segunda barcaza con ocho norteafricanos a bordo que fue avistada junto a Las Salinas de Roquetas, y otra de 54, interceptada en Balerma.


Se desencadenó así una maquinaria que, desde entonces, no ha tenido tregua y se acuñó para los protagonistas de este éxodo clandestino la denominación de espaldas mojadas, cuando aún se pensaba que pudieran ser traficantes de hachís, cuando aún no se entendía que a lo único que aspiraban con esas travesías en las que se jugaban la vida entre el oleaje, sobre una cáscara de nuez de 15 metros cuadrados, era a poder tener una nevera llena. Buscaban para desembarcar calas escondidas en La Habana de Adra, en Los Percheles de Punta Entinas, en la Cala Amarilla de San José y después incluso en las mismas playas populosas de Garrucha y Carboneras ante la sorpresa de los bañistas que creían que se trataba de un rodaje cinematográfico cuando veían a tanto negrito en un bote.


Tras las pateras de magrebíes, llegaron a Almería las avalanchas de subsaharianos. Eran ya hombres y mujeres negros azulados, de Mali o de Senegal, que, tras hacer cientos de kilómetros a pie desesperados en busca de la prosperidad, pagaban y siguen pagando cantidades desorbitadas a traficantes e intermediarios a cambio de un escaño en una triste canoa motorizada.


Fueron esos años en  los que en la prensa aparecía todos los días el nombre de un cura de El Ejido llamado Juan Sánchez Miranda que había creado Almería Acoge para, junto a Cruz Roja, abrigar con  un manta y reconfortar con una taza de café caliente a todos esos parias de la tierra que llegaban tiritando y con los ojos alucinados; hombres fuertes africanos transformados en despojos por la mala mar y mujeres con bebés amarrados a la espalda con un pañuelo, pertenecientes a etnias como los Bambara o Mandinka, como aquel Kunta Kinte, sollozando en dialectos ininteligibles para la Guardia Civil. Agricultores de la seca sabana, pescadores de Mauritania, pastores de Liberia, mercaderes de Guinea, que arriesgan  su vida desde hace treinta años por un porvenir -ayer sin ir más lejos Salvamento Marítimo rescató a 66 criaturas de dos pateras en operaciones que se han convertido ya en el pan de cada día- empeñándose casi de por vida con el patrón de la embarcación a cambio de un pasaje.


Qué habrá sido de Mohines, y Boitiar, por dónde andarán Tamisslaud y Boldo, en estas casi tres décadas transcurridas desde aquel día de la Virgen de agosto de 1991 en el que creyeron ser macistes. La primera patera fue portada de los periódicos, la última, la de ayer, apenas será recogida en un suelto, el mismo espacio que se le da a un delfín varado en alguna playa de la provincia.


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