Cuando a Almería le salieron alas

Se cumplen ahora 50 años de la inauguración del aeropuerto. La historia de esta obra está plagada de luchas y sinsabores de almerienses que encontraron en el cine a su mejor a

Franco junto a Fraga y otros dirigentes civiles y militares inaugurando el aeropuerto.
Franco junto a Fraga y otros dirigentes civiles y militares inaugurando el aeropuerto.
Manuel León
01:00 • 03 feb. 2018

En apenas 48 horas se habrán de cumplir 50 años desde que se estrenó el aeropuerto de Almería; medio siglo desde que un Caudillo- ya menos victorioso y  más enjuto- después de desayunar huevos revueltos a bordo, miró por la escotilla del DC-8 y divisó desde el aire los resecos llanos del Alquián, festoneados de una multitud apiñada abajo como en una caja de cerillas.




Estaba a punto de materializarse, esa mañana soleada del 6 de febrero de 1968, una aspiración finisecular, solo comparable a la que debieron sentir los almerienses con levita que vivieron la llegada del primero ferrocarril allá por 1895 frente a los Jardines de Medina.




Llegaban por fin, a partir de ese día señero, los aviones, los vuelos, las azafatas los pilotos, la pista de aterrizaje, las maletas y la posibilidad de llegar a Madrid en un par de horas. Parecía que se dejaba atrás, por fin de forma rotunda, el aislamiento infame, la postración a la carretera y manta, a la N-340 -que era como una aorta que recorría los pueblos polvorientos de la provincia- y al chacachá de nueve o diez horas de tren (hoy siguen siendo casi las mismas) para poder ver el reloj Atocha.




Llegaba por fin el aeropuerto, la modernidad de verdad, después de años de paciencia mineral. A Almería le salían alas y arribaba Iberia con sus aparatos y la posibilidad de que las estrellas de cine que venían a rodar a Tabernas no recalaran por Málaga sino por el flamante terminal que un general gallego, al que adjetivaban de invicto en el Nodo, se disponía a inaugurar ese día de invierno. El aeropuerto se convirtió en esos primeros momentos en un lugar de culto para muchos almerienses que acudían a sus derroteros para ver despegar los aviones, para tirar fotos con el perfil del Cabo de Gata de fondo, para adivinar a las relucientes azafatas descendiendo por las escalerillas. Era, para una  lugareña ciudad anclada en el aislamiento secular, como un espectáculo ir de excursión al nuevo aeródromo con una tortilla en la fiambrera y una mesita plegable para presenciar esa inédita tramoya que se divisaba en el cielo. Muy pocos almerienses de entonces -como ahora cincuenta años después- podían pagarse un pasaje para ir en avión a Madrid a ver un partido Pirri, a visitar el Museo del Prado o ser operado por un especialista de fama nacional.




El antecedente más remoto de una pista de aterrizaje de aviones en Almería fue el aeródromo de Tabernas inaugurado en 1932, que no contaba con ningún tipo de instalación fija y que, tras ser utilizado por la aviación militar durante la Guerra Civil, fue abandonado por el naciente Ministerio del Aire.




La primera iniciativa para dotar a Almería de un aeropuerto moderno surgió en 1947 con el estudio titulado Anteproyecto del Plan Social de Almería donde se destacaba la importancia de los vuelos para exportar productos agrícolas tempranos y donde la Cámara de Comercio, presidida por Antonio Oliveros, se comprometía a aportar medio millón de pesetas para el comienzo de las obras.




Se seleccionó una franja de terreno frente al mar limitada al norte por la Carretera de Níjar conocida como Los Albardinales, pero el impulso definitivo no llegó hasta la inclusión del proyecto en el Plan General de Aeropuertos de 1964, con la labor realizada por el Gobernador Luis Gutiérrez Egea, que era interventor del Ejército de Aire, y el presidente de la Cámara, Juan Navarro Hanza, que contaba con un hermano ingeniero aeronáutico y ejecutivo en la subsecretaría de Aviación Civil.




Almería había perdido la batalla de la Costa del Sol con Málaga, pero no iba a perder la del Aeropuerto y recibió de la naciente industria de los rodajes cinematográficos el impulso definitivo: no podía ser que Peter O’toole o Brigitte Bardot o Sean Connery o toda la pléyade de equipos técnicos que requerían las filmaciones tuvieran que llegar por carretera vía aeropuerto de Málaga.


Las obras del campo de vuelo fueron adjudicada a la constructora francesa Societé Dumez y dieron comienzo en 1966. Hidroeléctrica del Chorro tendió una línea hasta la terminal, el agua se obtenía del Pozo de Valeriano y el cemento se importó de Rumanía y de Polonia.  En el otoño de ese año una tromba de agua arrastró toda la maquina que se había alquilado a Excavaciones Tejera.


Los trabajos del aeropuerto estuvieron dirigidos por  Marcos García Cruzado, Juan Valverde, José Luis Sánchez y Ricardo Conde.


El 15 de enero de 1968 el ministro del Aire, José Lacalle, protagonizó el primer vuelo que aterrizó en el nuevo aeropuerto y casi un mes después fue ese Franco ya crepuscular el que cortó la cinta inaugural, con el ministro Fraga, el alcalde Verdejo, el obispo Suquía y decenas de mandatarios, abriendo para Almería una nueva era, un nuevo tiempo preñado de más ilusiones que realidades.



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