Estas son las zonas de Almería donde ya no caben más bares
La provincia tiene un establecimiento por cada 182 habitantes, en una posición intermedia en España, según el informe de la central de datos Accumin Intelligence

Terrazas en la calle Jovellanos en el centro de Almería.
Casi no hay que interese más al almeriense medio que la apertura de un nuevo bar o un restaurante en la capital o en algún municipio de la provincia. Pero a pesar de los estereotipos, de la abundancia de oferta, del reclamo gastronómico que supone la hostelería en la costa y en el interior de la provincia, Almería no es tan tierra de bares como se puede suponer.
Con una media de un bar por cada 182 habitantes, según el último informe de la central de datos Accumin Intelligence, Almería se sitúa en una posición intermedia, en el número 21, entre las provincias españolas en cuanto a establecimientos de hostelería por vecino. En números absolutos, Almería, con 773.500 habitantes, cuenta a cierre de 2025 con una cifra de 4.242 negocios de restauración, superada, en la Comunidad andaluza, por Málaga (12.665), Sevilla (19.410) y Granada (5.479).
Los bares en Almería es sabido que son mucho más que un negocio: son una institución social y cultural. Representan el pulso de los pueblos, de los barrios, el termómetro de cada distrito, la sala de estar comunal de una manzana de la ciudad. Sin embargo, la distribución provincial de bares, restaurantes y salas de ocio es un muy heterogénea en la provincia y aparecen contrastes sorprendentes.
Las zonas de Almería con mayor condensación de establecimientos de hostelería por cada 1.000 habitantes son el distrito de Almería Centro con 76 bares, Veraplaya (56), San José (47), Aguadulce (339, Terreros (20), la Urba de Roquetas (18) y Mojácar (18). Otro municipio singular por su abundante oferta hostelera a pesar de su escasa población es Enix que disfruta de 11 bares y restaurante para sus 550 habitantes. Se trata de establecimientos de hostelería que viven de la llegada de domingueros y visitantes los fines de semana a comer o a pernoctar por una noche.
En el polo opuesto se sitúan zonas de municipios como Bacares, Líjar, Sierro, Chercos o Suflí donde apenas hay un bar para la escasas población que allí habita.
Los datos revelan que los bares son un reflejo vivo del territorio. Donde abundan, hay dinamismo, turismo y comunidad. Donde faltan, la despoblación deja su huella.
Una de las principales lacras del sector de la hostelería almeriense, del que más se queja la patronal, es la falta de especialistas en el sector. Según datos del Servicio Andaluz de Empleo, en Almería hay inscritos en torno a 7.000 desempleados en el epígrafe de la hostelería, aproximadamente. Y, sin embargo, hay picos de demanda, como son en la Semana Santa y el verano, en el que los empresarios y autónomos del sector se quejan de que no encuentran empleados especializados para cubrir los picos de demanda en la hostelería.
Por regla general, según expresan los sindicatos, los camareros en Almería se enfrentan a condiciones laborales desafiantes que pueden superar las 40 horas semanales y son déficit de contrataciones. También son habituales los turnos partidos que incluyen mañanas, tardes y fines de semana y con exigencia de disponibilidad inmediata. Predominan los contratos a tiempo parcial abierta a la posibilidad de ampliación. A pesar de ser una pieza clave en la hostelería, según los sindicatos, su esfuerzo suele ser infravalorado.
Una institución sentimental de Almería
El bar es una institución sentimental de la provincia. Está en las esquinas de la capital, en las plazas de los pueblos del interior, frente a los puertos pesqueros, junto a los mercados de abastos y en las carreteras que atraviesan el Campo de Níjar o serpentean hacia la Alpujarra. Cambian los paisajes, las dimensiones y los nombres de los establecimientos, pero permanece una misma liturgia: entrar, saludar, pedir y dejar que el tiempo transcurra con una lentitud que fuera de sus paredes parece haberse perdido. El bar almeriense pertenece a esa categoría de establecimientos que son mucho más que un negocio: son una prolongación de la casa, una oficina sin papeles, un confesionario sin penitencia y, en ocasiones, el último refugio de una conversación que se resiste a morir entre las prisas.