La Voz de Almeria

Tal como éramos

La caótica Almería de los años 70

En algunos barrios La Vega y las nuevas calles se mezclaban sin orden ni concierto

Uno de los solares del barrio del Zapillo en los años 70, cuando todavía cruzaban por allí los rebaños de cabras que venían de la vega.

Uno de los solares del barrio del Zapillo en los años 70, cuando todavía cruzaban por allí los rebaños de cabras que venían de la vega.

Eduardo de Vicente
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A comienzos de los años setenta la suerte estaba echada. Los almerienses habían aceptado que el crecimiento urbanístico pasaba por una nueva ciudad donde las señas de identidad se quedaban relegadas a un segundo plano. Almería crecía sin orden ni concierto, en medio un caos que estaba presente en todos los barrios, en los nuevos que iban surgiendo a extramuros y en los antiguos donde lo viejo era condenado al derribo.

En aquella Almería se mezclaban aún las antiguas calles de tierra con el asfalto, los coches de caballos y los carros de mulas con las bicicletas y con los coches que empezaban a hacerse insoportables. Los solares, que eran el paraíso de los niños, se fueron llenando de vehículos y en las afueras, en esas zonas donde la vega había ido muriendo, los descampados eran el lugar perfecto para que los vecinos de las nuevas viviendas que iban surgiendo tuvieran su parking particular.

Aquellos solares de los viejos barrios eran lugares mágicos que se llenaban de niños a la hora de la salida de los colegios. Por los solares merodeaban los gatos y los niños, que aprovechaban la tierra del suelo para escarbar y hacer los hoyos para jugar a las canicas, que aprovechaban las piedras para hacer los postes de las porterías y utilizaban las tapias para esconderse de las miradas de los mayores. 

Los solares de los barrios estaban llenos de aquellos primeros besos a escondidas y de los primeros cigarrillos de la infancia, aquellos que se fumaban en comunidad. Allí donde no llegaban los ojos de los padres empezaba el reino de la libertad para los niños de solar y callejuela.

Almería fue una ciudad de solares en los primeros años setenta, una época en la que la vieja ciudad moría a manos del desarrollismo que llevó los pisos a todos los barrios. La zona de la playa de llenó de solares cuando la vega fue perdiendo presencia, víctima de la construcción sin límites. 

Montaje de la Feria en las inmediaciones de la Central Térmica del Zapillo, frente a la línea de playa. 1975.

Montaje de la Feria en las inmediaciones de la Central Térmica del Zapillo, frente a la línea de playa. 1975.La Voz

Durante algunos años, convivieron los grandes espacios baldíos, donde iban los niños a jugar al fútbol, por donde pasaban los rebaños de cabras al atardecer buscando los últimos restos de hierba, con los gigantes de hormigón que llenaron de apartamentos la franja costera. A comienzos de los setenta, barrios en continuo crecimiento como la zona de Villagarcía y San Miguel, carecían aún de alumbrado público, que no llegó hasta el verano de 1973.

El Zapillo fue también un reino de solares, fruto de los espacios libres que iban quedando cuando una finca que antes había sido vega se quedaba desierta. Una estampa de la época es la de los niños jugando al fútbol en una explanada, rodeados de restos de cañas y matojos, y al fondo los edificios de nueva construcción que nacían al lado de un establo donde todavía era posible ir a comprar la leche recién ordeñada. 

En ningún otro lugar como en El Zapillo se respiró el cambio de ciclo, envuelto en una atmósfera en la que se fundían la brisa del mar, el olor profundo de los establos, los aromas a verdura que llegaban de la vega y el rastro a vida nueva de los pisos recién construidos.

Hubo solares que permanecieron años en pie, como el que quedó en la calle de Pedro Jover cuando derribaron el viejo Hogar y la fábrica de almendra. Allí llegaban los niños para jugar al fútbol y allí montaban los circos en invierno. En la Plaza de la Catedral, en la esquina de la calle Eduardo Pérez, existió otro gran solar por donde pasaron todos los golfos del distrito, convictos de traficar en revistas eróticas y cigarrillos mentolados, de aquellos que no te dejaban ningún rastro sospechoso en la boca.

Aquella Almería de comienzos de los setenta tenía algo de posguerra. Era una nueva ciudad que ya crecía vieja, una ciudad hija del caos, con sus calles mal iluminadas y llenas de baches y con aquel universo de solares donde reinaban los niños a todas horas

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