Los últimos maestros de la República
Fue la promoción que salió de la Escuela Normal en el verano de 1936, la que no tuvo tiempo de ejercer el magisterio

Alumnos y alumnas de la Escuela Normal de Almería en 1936, cuando se preparaban para empezar a ejercer como maestros.
El verano estaba a la vuelta de la esquina y los alumnos y alumnas del tercer curso de la Escuela Normal de Almería se preparaban para afrontar los últimos exámenes, el obstáculo final para poder ser maestros. Tenían la fuerza de la juventud y un porvenir favorable para una profesión que las autoridades republicanas trataban de dignificar con mejores sueldos y mejores condiciones de trabajo.
Ninguno de estos jóvenes podían imaginar que sus esperanzas se iban a desvanecer dos meses después y que sus proyectos, sus carreras y sus vidas se iban a ver truncados por una guerra fratricida.
Formaban parte de una promoción forjada integramente bajo el nuevo régimen que en 1931 había remplazado a la monarquía y venían con una nueva mirada y nuevas formas de entender la pedagogía y el papel de la escuela dentro de una nueva sociedad.
Tras la proclamación de la República, en abril de 1931, las nuevas autoridades emprendieron un ambicioso proyecto de reforma educativa que en Almería pasaba por la creación de nuevas escuelas que llevaran la educación a los barrios más necesitados y a las rincones más olvidados de la provincia y la mejora de las condiciones laborales de los maestros.
Las autoridades se encontraron con una realidad incuestionable en aquella primavera de 1931: Almería era una de las provincias más atrasadas de la región, con un alto índice de analfabetismo que afectaba con especial crudeza a las zonas rurales.
En la capital existía una enseñanza pública que tenía que batallar a diario con la falta de recursos, y una enseñanza privada que en su mayor parte recaía en manos de la Iglesia. Colegios de gran prestigio como el de la Compañía de María y el Milagro, se encargaban de la educación de las niñas, mientras que los frailes de la Salle, instalados en un colegio de la calle de Almanzor, se encargaban de la instrucción de los niños de la burguesía y la alta sociedad local.
Las escuelas nacionales estaban repartidas por barrios. En la calle de Pedro Jover estaba la escuela del distrito Sur, dirigida por el maestro Juan Jaramillo Pinteño y por la profesora María Luisa Caballero. En el distrito Noroeste aparecía la escuela de la Plaza de Amistad, de José Orellana Garrido. En la calle de la Judía estaba la escuela de Agustín Molina García; en la Plaza de Béjar del Barrio Alto, la de Antonio López Morales; en la calle del General Luque, distrito de Poniente, la escuela de los profesores José Rubio García y Agueda Navarro Muñoz; en la calle de Ramos, la escuela de José Moreno Mesas; en el barrio de Los Molinos había dos escuelas: la de niños la dirigía Eusebio Garres Segura y la de niñas Leocadia Andrés de la Casa. En la calle de la Reina aparecía la escuela de niñas de la señorita Hiscia Zubeldía y en la calle Real del Barrio Alto la de Clotilde Salvador Ropero.
Existía también una escuela en el paraje de la Garrofa, a cargo de Rafael Sánchez Gallari, y las ubicadas en las barriadas de la Cañada, el Alquián y Cabo de Gata. Otras escuelas nacionales estaban en la Plaza de Vivas Pérez, en la calle Real, y en las de Zaira y Avenida de Vilches.
En los primeros meses de trabajo, la República puso un gran empeño en la creación de nuevas escuelas. A veces, había que salvar grandes dificultades para poner en funcionamiento un aula en zonas rurales alejadas de los pueblos donde las comunicaciones apenas existían y los maestros tenían que llegar a su destino a lomos de una mula, atravesando caminos imposibles.
En la capital, las escuelas nacionales y las dirigidas por la Iglesia convivían con los pequeños colegios privados. Algunos fueron considerados ilegales por parte de las autoridades de la República, ya que estaban dirigidos por maestros que ejercían la profesión sin tener un título que los acreditara.