El trono del cobrador del autobús
Hasta los años 70, los autobuses disponían de un espacio en la parte trasera donde se sentaba el cobrador

El conductor y el cobrador del autobús del Zapillo, con sus uniformes reglamentarios, a finales de los años 50.
El trono del cobrador se colocaba en la parte trasera de los autobuses, justo al lado de la puerta por donde tenían que entrar los viajeros. El cobrador era como un policía sin galones y sin pistolas, que tenía que estar siempre en alerta porque al menor descuido aparecía el listo de turno intentando colarse. Recuerdo, que los niños, a comienzos de los años setenta, jugábamos a colarnos en el autobús, con el riesgo de que nos pillaran in fraganti, con la vergüenza pública que aquello representaba.
Cada autobús tenía su chofer y su cobrador, que vestían con el uniforme reglamentario, rematado por una gorra de plato que le daba el aspecto de militares reservistas. Uno de aquellos cobradores que hizo historia en Almería fue Juan Sola Uroz, que empezó a trabajar en la empresa de autobuses a principios de los años sesenta, apoyado por su padre, Miguel Sola, que era uno de los encargados del mantenimiento de los vehículos. En aquellos tiempos el servicio de autobuses empezaba a llegar a todos los barrios y tenía la ventaja de poder realizar los recorridos sin el contratiempo del tráfico, ya que había tan pocos vehículos que apenas existían los atascos.
Sus comienzos fueron de cobrador, un puesto ya desaparecido, que entonces era fundamental dentro del vehículo, no sólo para que nadie se subiera sin pagar, sino también para poner orden entre los viajeros. En aquellos años existía todavía el cobrador de mano, que iba con una cartera recorriendo los asientos cliente por cliente. Después llegaron los cobradores de asiento y los autobuses incorporaron, en la parte trasera, aquel pequeño púlpito con un cajón y un asiento donde iba el cobrador dirigiendo la entrada en el autobús. Los usuarios tenían que subir por la parte de atrás y se bajaban por la puerta del conductor. El cobrador era además el que daba la orden al conductor para que arrancara una vez que el personal había pagado su billete y se había acomodado en su asiento. “Vámonos”, le decía al chófer, mirando de reojo por si en la calle se había quedado alguien rezagado.
El billete de entonces tenía un precio distinto, en función del trayecto. Si uno se bajaba en una parada cercana a la salida pagaba menos que el que hiciera todo el recorrido. Los autobuses de entonces no llevaban aire acondicionado y había que abrir las ventanillas cuando arreciaba el calor, lo que causaba más de un incidente entre los viajeros, obligando a intervenir siempre al cobrador, que también hacía las funciones de mediador y de relaciones públicas.
El oficio de conductor también era más complicado que ahora porque en la mayoría de las calles no había semáforos y los caminos estaban sin asfaltar, por lo que el chófer estaba obligado a sobrevivir en medio del caos, siempre expuesto a que una moto o una bicicleta le saliera por el callejón más insospechado.
Fue en los años setenta cuando la empresa fue suprimiendo la figura del cobrador, seguramente para ahorrarse el sueldo y aumentar las ganancias a fin de mes. Juan Sola y otros compañeros tuvieron que reconvertirse en unos meses y gracias a los cursillos acelerados que organizaba el PPO se sacaron el carnet de conducir especial y pudieron seguir trabajando.
De aquellos años no pudo olvidar las dificultades de los conductores para sobrevivir por la vieja carretera de Los Molinos, que se transformaba en una pista de patinaje cada vez que llovía, obligando a los conductores a hacer malabarismos porque cada vez que tocaban el freno el coche derrapaba.
También recuerda que cuando se averiaba un autobús el chófer no disponía ni de emisora ni había teléfonos móviles, por lo que tenía que buscar una cabina y llamar al taller o pedirle un favor a algún vecino de la zona para que lo dejara telefonear.
Juan Sola Uroz estuvo ligado durante cuarenta años a las empresas de autobuses urbanos de Almería. Conocía todas las calles de la ciudad como la palma de su mano y llegó a hacer tantas amistades que muchos clientes, cuando entraban al autobús, lo saludaban por su nombre.