Aquí tuvimos también un mayo del 68
La revolución en Almería fue la puesta en marcha del aeropuerto y el Gran Hotel

En 1968, los fotógrafos de la prensa iban al aeropuerto a retratar a los primeros viajeros que llegaban en avión desde Madrid.
Los años sesenta trajeron una revolución social y cultural más allá de los sucesos que ocurrieron en Paris. Esa eclosión fulgurante de la clase media, la democratización de los coches, la llegada a las casas de la televisión o la moda de las minifaldas, fueron revoluciones tan importantes como aquella que nos llegó del país vecino.
Mientras los periódicos nos contaban las últimas noticias de los sucesos revolucionarios en Francia y nos hablaban de media Europa arrodillada a la subversión estudiantil, aquí vivíamos nuestro particular mayo del 68, tratando de solucionar nuestros viejos problemas con las carreteras, con los trenes que seguían llegando tarde y con el turismo que no acababa de cuajar.
Qué nos iban a contar de revoluciones los franceses, a nosotros, que acabábamos de inaugurar el aeropuerto. Su puesta en marcha puso de moda una broma que también fue revolucionaria, la de los gamberros de la época que aprovechando la novedad de las cabinas telefónicas se entretenían llamando a las paradas de taxis para solicitar un falso servicio al aeropuerto.
Qué nos iban a enseñar de revoluciones a nosotros, que estábamos estrenando el Gran Hotel, que vivíamos en el Hollywood de Europa, que habíamos visto los camellos de Lawrence de Arabia pisando nuestras calles y que teníamos a Henry Fonda y a Claudia Cardinale dando vueltas por la ciudad en el coche de caballos de José María Torres con una legión de chiquillos corriendo detrás.
Más revolucionarias que las revueltas juveniles de París eran nuestras peticiones de mano cuando una pareja se iba a casar, y que puntualmente aparecían en un lugar destacado de la página del periódico: “Por los señores de Gómez Rodríguez y para su hijo Ramón, ha sido pedida a los señores de Fernández Morales la mano de su encantadora hija, María Dolores”.
Más revolucionario que los gritos callejeros que llegaban de Francia era nuestro tren corto que daba varios viajes al día a Santa Fe, y que desde mayo del 68 se aumentó en un servicio más para que estuviéramos mejor comunicados, y aquel Automotor que hacía transbordo en Baeza, y aquellos Seat 850 que se pusieron de moda aquella primavera por el módico precio de 75.900 pesetas.
Como no parábamos de innovar, como nos pasábamos los días tejiendo nuevas ideas para que Almería fuera esa Costa del Sol que todos queríamos, en aquel mayo del 68 el Gobernador civil, que todavía era Jefe Provincial del Movimiento, mandó una circular a todos los ayuntamientos de la provincia para que procuraran que sus municipios ofrecieran un aspecto alegre, limpio y cuidado, que fuera del agrado de todo el que nos visitara. A su vez, el alcalde de la ciudad emitió un bando llamando a los vecinos a que limpiaran y blanquearan las fachadas, que una cosa es que nos dijeran que éramos pobres y otra que nos llamaran guarros.
En aquel histórico mayo del 68 no hubo un barrio en Almería sin su terraza de cine ni un fin de semana sin que se organizara un baile. Eran muy famosos entonces los que se celebraban en el Club Náutico, frente a la playa, con la orquesta Teddy Boys. En aquellos días el local fue el escenario del Primer Festival Español de la Canción Popular, para que no nos faltara de nada. Tirando la casa por la ventana aquel mes de mayo se inauguraba la taberna-restaurante ‘Las Caracolas’ en el barrio del Zapillo que de la noche a la mañana se había convertido en nuestro pequeño Manhattan por la altura de los edificios. Allí estaba el edificio Tahití, que acababa de sacar sus primeros apartamentos a la venta, mientras que en el centro de la ciudad la moda urbanística era entonces el edificio de Simago, en el corazón del Paseo, y el Tauro, a cincuenta metros de la Puerta de Purchena.