Los otoños de la lluvia y la rebeca
Hemos perdido aquellos otoños suaves que empezaban con las primeras tormentas

El otoño traía las primeras lluvias a Almería y la gente empezaba a sacar de los armarios la ropa de invierno. En la foto, un cruce del Paseo en un día lluvioso. Años 70.
Había una fecha oficial para que llegara el otoño y una fecha sentimental que dependía de la realidad de cada uno de nosotros. Cuando empecé a estudiar en el instituto, las hojas de mi estado de ánimo empezaban a caerse el día en el que te acercabas a la puerta y en el tablón de anuncios aparecía el fatídico cartel que pregonaba el comienzo inminente de las clases. En ese momento el verano ya era historia y el peso de las obligaciones caía sobre tu cabeza como un otoño lleno de negros nubarrones.
El primer día del curso era siempre otoño, aunque el mar te invitara todavía a bañarte, aunque la manga corta reinara aún en las mañanas del Paseo. Llegabas a clase, aparecía en escena el primer profesor y en ese instante asumías que estabas inaugurando un año nuevo a la vez que entendías que nos habíamos equivocado en los calendarios, que un año no comenzaba en enero, sino en esas semanas finales de septiembre en el que volver a las aulas significaba emprender un camino completamente diferente.
Cuando el primer día de clase aparecía en el aula el profesor, que casi siempre era el que querías que no te tocara, una sensación de pérdida se apoderaba de nosotros y mirábamos atrás con ganas de llorar, recordando los meses de verano, ese tiempo que habíamos pasado en el estado natural de la infancia, que no es otro que el de la holgazanería. Entonces empecé a comprender que la felicidad consiste, en esencia, en no tener obligaciones, en jugar con el tiempo a tu antojo, como el gato juega con el ovillo de lana. Las primeras palabras que nos regalaba el profesor nos hundían en la miseria porque nos recordaban que nos esperaba un curso muy duro y un horario sin tregua que íbamos copiando lentamente en el cuaderno recién estrenado.
Veníamos de un verano donde los minutos y las horas nos pertenecían y de golpe nos colocaban los grilletes del reloj; nos programaban la vida de nueve de la mañana a cinco de la tarde, con la coartada de que teníamos que ser hombres de provecho. Quién nos devuelve ahora el tiempo que nos robaron en la infancia en aquellas jornadas maratonianas donde nos obligaban al martirio de las clases de una hora cuando la capacidad de atención de cualquier niño se diluía en el vacío después de treinta minutos.
El curso solía empezar a finales de septiembre, pero las clases serias no llegaban hasta octubre. Entonces, al contrario de lo que ocurre ahora, el otoño era imprevisible y siempre traía de la mano un episodio de tormentas, lo que ahora se llama una Dana. En Almería, esas tormentas de finales de septiembre marcaban el final del verano, refrescaban el ambiente y nos obligaban a sacar las rebecas del armario.
La rebeca fue nuestra compañera inseparable, la prenda de entretiempo que se convirtió en el uniforme de los estudiantes. En octubre íbamos al instituto con la rebeca, aunque en el recreo tuviéramos que dejarla en un banco cuando el sol apretabas. La rebeca nos duraba hasta diciembre, cuando la sustituíamos por aquellas chaquetas de lana que se pusieron de moda en los años 70. Solían ser de color blanco con un tono vainilla, con dibujos en relieve del mismo color y tenían la ventaja de que como abrigaban tanto podían sustituir perfectamente a los jerseys. Te ponías tu chaqueta blanca con una camisa de manga larga debajo y así podías cruzar perfectamente por el tímido invierno almeriense. Las chaquetillas de lana formaron parte de nuestra indumentaria durante años. El armario iba cambiando de aspecto con la ropa moderna que iba saliendo, pero allí seguían aquellas chaquetas incombustibles que por muchos lavados que llevaran siempre parecían nuevas, dispuestas a atravesar contigo la juventud, aguardando con paciencia el día en el que volvías a ponértela.