La Voz de Almeria

Tal como éramos

Aquella radio que reinaba en tu casa

Antes de que llegara la tele, la radio ocupaba el trono en los comedores familiares

La radio ocupaba el mejor sitio de la casa, encima del mueble principal del comedor, como un signo de distinción.

La radio ocupaba el mejor sitio de la casa, encima del mueble principal del comedor, como un signo de distinción.

Eduardo de Vicente
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Veinte años antes de que las televisiones cambiaran la decoración y la vida dentro de las casas, era la radio la que ocupaba el trono en los comedores familiares. Aquellos aparatos monumentales que se colocaban encima del mueble principal como un símbolo de distinción de un tiempo. Los niños de las casas, cuando no estaban los padres, cruzaban el umbral de lo prohibido y jugaban a darle vueltas a las ruedas del dial buscando aquellas emisoras lejanas, ocultas en la niebla de la onda media, que te permitían viajar en un instante por Londres, Moscú o París.

La radio era venerada y cuando se enchufaba, un silencio devoto se apoderaba del comedor. Las madres escuchaban las novelas de la tarde y las coplas, y todas las noches, a la hora del parte de Radio Nacional, las familias compartían las noticias y la cena.

Veinte años antes de que llegaran las televisiones tener una radio era un lujo por el que había que pasar por taquilla. El 27 de abril de 1939, tan sólo unas semanas después de terminar la guerra civil, el teniente coronel Francisco Villegas Martín, que había sido nombrado presidente de la Junta Especial para la Restitución del Patrimonio Particular, dirigió la campaña de devolución de los aparatos de radio que habían sido requisados en Almería durante la guerra por los comités republicanos. Para poder recuperar los receptores, sus dueños tenían que pasarse por las oficinas de Telégrafos y mediante la presentación de la documentación oportuna acreditar la propiedad del aparato. En enero de 1940 la Ley obligó a todo poseedor de aparatos de radio a darlos de alta para poder aplicarle los nuevos impuestos que había marcado el Estado: doce pesetas anuales por las licencias de uso particular; cincuenta pesetas semestrales por cada receptor instalado en casinos, centros de recreo, hoteles y bares; y cincuenta pesetas al año para los utilizados en pensiones, fondas y tiendas de vino.

En Almería, el primer establecimiento público donde se pudo escuchar la radio en los días de posguerra fue en el salón del Café Español. Todas las tardes, a las dos y media, a la hora del café y de la partida de dominó, se sintonizaba Radio Almería para la conexión diaria obligatoria que la emisora local hacía con Radio Nacional de España, que emitía el primer Parte de Noticias del día. Por las noche, a las diez menos cuarto, el salón del ‘Español’ volvía a llenarse de clientes para oir el noticiario, que los domingos venía cargado de resultados de fútbol y reseñas taurinas.

En diciembre de 1943 se instauró el impuesto de radioaudición, que sustituía a la hasta entonces llamado “pago por licencia de radio”. Para ejercer el control de dicho impuesto se nombró a un agente ejecutivo local, cargo que recayó en el cartero almeriense Rafael López Sánchez, que se encargó de ejercer sus funciones en la capital y en los pueblos de la provincia.

El trabajo del cartero cobrador era controlar a todos los vecinos que tenían en su domicilio un receptor de radio para cobrarle el impuesto mensual. Se dieron muchos casos de denuncias de radios furtivas, de personas que delataron a vecinos que guardaban en sus domicilios aparatos de radio sin declarar para librarse de los impuestos.

El cobrador tenía la obligación de pasar hasta tres veces por los domicilios de los usuarios. Si no cumplían con el pago en el plazo previsto se les imponía una multa y si no la podían afrontar se les embargaba la radio. Los aparatos que se iban recogiendo eran almacenados en una habitación de las oficinas de Correos antes de ser subastados públicamente.

Al propietario se le ofrecía antes la posibilidad de recuperar el artefacto previo pago de su descubierto y de las costas correspondientes.

Una Circular del 22 de abril de 1958 integró la polémica tasa de radio audición en los impuestos sobre el gasto bajo la denominación de impuestos sobre el lujo, y con ese nombre estuvo funcionando hasta que en 1964 la Jefatura del Estado ordenó “la supresión definitiva del gravamen sobre la radio”.

En aquella época, los aparatos de radio ya formaban parte de las casas como si fueran un miembro más de la familia o una mascota. Los primeros ahorros del padre se invertían en un receptor, que se colocaba en un lugar destacado de la vivienda como el adorno más valioso. En muchas casas estaba prohibido manipular aquel artilugio sagrado sin permiso del cabeza de familia y las madres solían decorarlos colocándoles por encima un tapete de ganchillo que servía también para protegerlos del polvo.

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