El fantástico día de la Inmaculada
Era un festivo para comenzar diciembre y encarar la recta que llevaba a la Navidad

Los soldados del Regimiento Nápoles 24, desfilando en la puerta de la Catedral delante del Gobernador civil, Urbina Carrera y el alcalde, Pérez Manzuco. 8 de diciembre de 1951.
El espíritu de la Navidad no necesitaba grandes dispendios de luces para manifestarse. Llegaba todos los años puntualmente con el mes de diciembre, con ese primer adelanto navideño que para los niños de antes significaba el día de la Inmaculada Concepción, que era la patrona de España y la madrina de los escolares, que le agradecíamos a la Virgen ese día de descanso que nos regalaba como un ensayo para las vacaciones que vendrían después.
No era un día de fiesta más, un alto en el calendario, una obligación religiosa que se colaba a empujones en el almanaque. El día de la Purísima era una jornada grande por el significado que tenía. Era el día de estrenar el abrigo que habíamos guardado el invierno anterior en el fondo del baúl y salir muy arreglados a la calle. En ese aspecto se parecía a un Domingo de Ramos, con la única diferencia del frío que para el ocho de diciembre ya se nos había colado en nuestras calles.
El día de la Purísima era también el comienzo de la Navidad, al menos en ese pequeño calendario sentimental que los niños llevábamos incorporado en una esquina del pecho. Aquella fiesta nos preparaba el cuerpo para las vacaciones navideñas y volvíamos al colegio más desganados que nunca, pidiéndole al tiempo que corriera deprisa.
Con el día de la Purísima la mayoría de los comercios estrenaban el alumbrado de sus escaparates y esa tarde, bien abrigados y llenos de nervios, los niños salíamos con nuestros padres para ver los juguetes. Era un día grande, que empezaba temprano, cuando con el sol recién salido se escuchaban los tambores y las cornetas de la banda de música de los soldados del cuartel, que salían en una diana por las calles del centro anunciando que era el día de la patrona del cuerpo de infantería. Cómo se revolucionaban las calles cuando pasaban los soldados y los niños nos íbamos detrás marcando el paso con torpeza.
En los años cincuenta, la fiesta conservaba intacta ese aire militar que se encargó de darle el Franquismo. Los soldados del Nápoles 24 formaban delante de la puerta principal de la Catedral y allí, las máximas autoridades militares, el Gobernador civil y el alcalde, pasaban revista a las tropas después de asistir a la santa misa que en aquel día tan señalado presidía el obispo.
El día de la Purísima aparecían en escena las vendedoras de zambombas, en busca de esa esquina estratégica, cerca de la Plaza, donde instalar su puesto ambulante. Esa tarde, cuando pasábamos por delante del puesto de las zambombas y cuando nos encontrábamos con los primeros juguetes en Segura, en el Águila, en la Giralda y en la tienda de Alfonso, sentíamos de verdad que el espíritu de la Navidad se nos colaba hasta lo más profundo del pecho y nos instalaba en un estado de nervios del que no salíamos hasta que pasaba el día de Reyes.
Hubo un día de la Purísima que las autoridades religiosas quisieron hacer historia organizando una procesión magna con las principales imágenes marianas de la ciudad y de la provincia. La gran jornada Mariana se celebró el ocho de diciembre de 1954, siendo Obispo don Alfonso Ródenas y alcalde don Emilio Pérez Manzuco.
Fue un día especial, de máxima exaltación religiosa, que convocó en la capital a las principales imágenes de la provincia: la Virgen del Saliente de Albox, la de la Cabeza de Monteagud, la del Carmen de Cuevas de Almanzora, la del Rosario de Enix, la del Monte Sión de Lucainena, la Purísima de Níjar, la Consolación de Tices, la del Carmen de Purchena, la de los Remedios de Serón, la de los Dolores de Somontín, la de las Angustias de Sorbas, la del Socorro de Tíjola, la Purísima de Vélez Rubio, las Angustias de Vera y la de Viator, además de la Inmaculada, la del Carmen y la Virgen del Mar, de Almería.