Los ponches mañaneros del bar Royal
El negocio lo abrieron en 1924 los hermanos Oyonarte, frente al Mercado Central

El bar Royal fue uno de los primeros que dio a conocer en Almería la cerveza de la marca El Águila. En la posguerra vivía más de los ponches y de los desayunos.
Antes de que el sol diera señales de vida por los alrededores del Mercado Central, la puerta del bar Royal se llenaba de hombres, que con voces roncas del tabaco y los madrugones, llenaban la calle Aguilar de Campóo de una atmósfera obrera. Era la hora de reponer fuerzas para los cargadores de la alhóndiga que desperezaban sus estómagos con aquellos ponches bien cargados que resucitaban a un muerto.
El humo del tabaco envolvía en una capa de niebla la barra del bar, mientras los camareros trabajaban sin un minuto de tregua. El Royal era sobre todo un negocio de desayunos, uno de aquellos establecimientos que rodeaban la Plaza de Abastos que florecían cada mañana antes de amanecer y se llenaban de sombras a medida que iba transcurriendo el día.
Detrás del bar Royal estaban los hermanos Oyonarte, que siguieron el camino de América cuando en su pueblo, Laujar, no encontraron ninguna oportunidad para salir adelante, y cuando regresaron, con el dinero que habían conseguido ahorrar, se embarcaron en la aventura de un negocio hostelero en el centro de Almería. Salvador y Cristóbal volvieron a Almería en 1924, encontraron un local vació en el número uno de la calle Aguilar de Campoo, frente a la puerta principal de la Plaza del Mercado, y abrieron el bar.
Desde su inauguración, el Royal fue uno de esos bares mañaneros que se llenaban de vida a primera hora y se iban apagando a medida que avanzaba el día. Abría a las cuatro de la mañana, cuando empezaban a llegar los asentadores de la alhóndiga, aunque sus primeros clientes eran siempre los cargadores, que antes de empezar la faena se despertaban con un café caliente y una copa de coñac.
El Royal tenía esa atmósfera cargada de los bares de hombres, donde el olor a tabaco, a verdura fresca y a sudor se mezclaban con el aroma cálido del café recién hecho y del anís que los trabajadores se tomaban en ayunas para poner a punto el estómago.
Todo sucedía de prisa entre aquellas cuatro paredes presididas por una hermosa vitrina de cristal de doble espejo: los cargadores transportaban la mercancía a la carrera y en dos minutos entraban al bar y consumían su desayuno; los asentadores negociaban los precios con sus clientes con un apretón de manos o un guiño de ojo, y después terminaban sellando el acuerdo sobre la barra de mármol.
Mientras el Mercado permanecía abierto la calle Aguilar de Campoo era un ir y venir de gente que le daba al lugar el ambiente de los viejos zocos árabes: vendedores ambulantes que se instalaban en las aceras coreando a gritos su mercancía y un río incesante de compradores que entraban y salían de la Plaza.
Por las tardes, la vida se iba desgastando en los comercios de la zona. Cuando cerraba la Plaza la calle se llenaba de silencios y el Royal se iba adormeciendo en una siesta profunda que se prolongaba hasta que empezaba a oscurecer y llegaba la hora de la partida.
El salón principal del local, con sus espléndidas mesas de mármol, se transformaba en un pequeño casino donde los comerciantes del Paseo se reunían para jugar sus interminables partidas de dominó.
El Bar Royal pasó por momentos críticos durante la Guerra Civil, pero cuando terminaron los tiros fue uno de los primeros establecimientos que abrieron y le dieron vida a una ciudad moribunda.
En mayo de 1939, ya estaba funcionando de nuevo, compartiendo protagonismo con los grandes negocios del Paseo como la cervecería ‘El Oro del Rhin’, la marisquería ‘Gambinos’ y los históricos ‘Café Viena’, ‘Colón’ y ‘Español’, que también reiniciaron su actividad un mes después de acabar la guerra civil.