La Voz de Almeria

Tal como éramos

El querido practicante mutilado

Antonio Herrera García destacó por su labor sanitaria durante la gripe de 1918

Antonio Herrera se casó con Ana Pérez Andújar en 1912. Tuvieron siete hijos: Ana, Antonio, Rosa, Dolores, Carmen, José y Francisco.

Antonio Herrera se casó con Ana Pérez Andújar en 1912. Tuvieron siete hijos: Ana, Antonio, Rosa, Dolores, Carmen, José y Francisco.

Eduardo de Vicente
Publicado por

Creado:

Actualizado:

Toda la destreza que la naturaleza reparte entre las dos manos se concentró en la mano derecha de Antonio Herrera, que a los diecinueve años de edad tuvo la desgracia de sufrir un accidente que lo mutiló de por vida. Ocurrió en la casa familiar. Su padre, José Herrera, era el conserje de la prestigiosa fábrica de fundición ‘La Maquinista’, que el ingeniero don Carlos Bahlsen tenía instalada en el barrio de las Almadrabillas. Para cuidar las instalaciones, el guarda disponía de una escopeta que solía intimidar a los merodeadores que abundaban por el lugar. Una tarde, Antonio cogió la escopeta del padre y se puso a limpiarla, creyendo que estaba descargada. Cuando la tenía descansando entre las piernas, con la mano izquierda colocada en la boca, el arma se disparó, destrozándole la mano. Los médicos pudieron evitar la amputación, pero la extremidad sufrió tantos daños que no volvió jamás a tener movilidad ni a poder utilizar sus dedos.

A pesar de la desgracia, el joven pudo hacer una vida normal, utilizando su mano buena con una habilidad sorprendente, que le permitió aprender el oficio de practicante y desempeñarlo con una asombrosa pericia. Pronto entró a formar parte de la beneficencia municipal, siendo su destino la Casa de Socorro. En 1909 el Ayuntamiento lo nombró practicante del distrito de la Vega. Fueron años de intenso trabajo, en los que Antonio Herrera alternaba su labor en la sanidad municipal con la consulta particular que tenía abierta en su domicilio, en el número 9 de la antigua calle del Tenor Iribarne. Para poder realizar los dos trabajos, el practicante tenía que madrugar todos los días. Salía de su casa antes de que amaneciera y en el coche de caballos oficial se internaba por los cortijos de la zona del río donde siempre había algún enfermo que necesitaba sus servicios. Un practicante, en aquellos tiempos, no se dedicaba exclusivamente a poner inyecciones, sino que también realizaba labores de enfermería: curaba heridas, apoyaba a las comadronas en los partos y cosía las llagas a carne abierta sin anestesia. Si le lesión era muy profunda y había que meter la aguja por dentro, recurría a un derivado de la cocaína que se inyectaba cerca de la herida.

En 1913, cuando llegó al mundo su primer hijo, fruto del matrimonio con la joven Ana Pérez Andújar, Antonio Herrera cambió de domicilio, trasladándose a una casa señorial frente a la puerta de los perdones de la iglesia de San Sebastián, donde también instaló su consulta particular. Aunque las horas de atención al público eran de doce a dos de la tarde, la casa del practicante siempre estaba abierta. Había noches en las que tocaban a su puerta a altas horas de la madrugada para atender una urgencia a la que un profesional no podía negarse.

Herrera fue uno de los profesionales más populares de su época, llegando a presidir el colegio de practicantes. Su fama alcanzó las cotas más altas en el verano de 1918, cuando la ciudad sufrió una mortal epidemia de gripe, trabajando día y noche junto a otro ilustre del oficio, el practicante Santiago Vergara. Iban por los barrios, calle por calle, casa por casa, visitando a los enfermos, limpiando con agua y desinfectando con cal y zotal, poniendo sus vidas en riesgo. Además, controlaban el buen funcionamiento de las cuatro máquinas legiadoras que se encargaban de desinfectar las ropas de los enfermos antes de que éstas fueran llevadas a los lavaderos.

  • Antonio Herrera García pasó los mejores años de su vida dedicado al servicio público, llegando a ser muy querido en la ciudad. El día de su entierro, el 11 de marzo de 1936 (tenía 53 años), la cola de amigos que acompañaban el duelo llegaba desde el badén de la Rambla a la Puerta de Purchena.
tracking