La Voz de Almeria

Tal como éramos

Las aulas femeninas de Maestría

La Escuela de Maestría fue la primera en España que abrió sus puertas a la formación profesional de la mujer

La Escuela de Maestría, en el Carretera de Granada, en 1963, el año en el que recibió a las primeras estudiantes femeninas de formación profesional.

La Escuela de Maestría, en el Carretera de Granada, en 1963, el año en el que recibió a las primeras estudiantes femeninas de formación profesional.

Eduardo de Vicente
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Fueron las estudiantes de 1963, las primeras que se mezclaron con los hombres en las aulas de la Escuela de Maestría en una época en la que la enseñanza mixta no estaba concebida para los adolescentes. Fueron las muchachas que conocieron las primeras fotografías en color, la primera generación de jóvenes que descubrió la magia de la televisión y los discos de los Beatles, las primeras niñas que se atrevieron a ponerse minifaldas con botas y tacones para presentarse delante de un profesor, las primeras que en los ratos libres compartían la emoción de los cigarros a escondidas.

En el verano de 1963, la Dirección General de Enseñanza Laboral aprobó la realización de un curso femenino de Química en la Escuela Oficial de Maestría Industrial. La de Almería fue la primera en España que abrió sus puertas a la formación profesional de la mujer, gracias a la iniciativa de su director, Manuel Martínez Artal, y a la lucha de la profesora Isabel Jiménez Grau, una de sus principales impulsoras, que justificó la apertura de la escuela a las mujeres diciendo una frase que causó impacto en la sociedad almeriense de aquella época: “El grado de formación de sus mujeres refleja mucho el nivel de vida de un pueblo. Por eso hemos creído que sería interesante hacer en nuestra joven escuela una promoción de muchachas estudiantes”, explicó la profesora.

Era una iniciativa novedosa para un centro, la Escuela de Maestría, que había empezado a funcionar en Almería en el curso 1961-1962 en el solar del antiguo edificio donde estuvieron las destilerías de don Ángel Fernández Mateos, en la Carretera de Granada. En los años cincuenta el Ministerio de Educación compró el local para la instalación de la Escuela de Maestría, aunque como suele ocurrir en nuestra tierra, el proyecto tardaría cerca de diez años en hacerse realidad.

En septiembre de 1961 comenzó a funcionar este nuevo centro educativo donde los jóvenes almerienses podían escoger entre la rama de electricidad, del metal, de química y de la construcción en horario diurno y también nocturno para que aquellos que ya estuvieran trabajando pudieran estudiar de noche. En el primer curso de funcionamiento, más de trescientos alumnos se matricularon en Maestría.

Dos años después de la inauguración de la escuela se experimentó con la implantación del curso femenino de química, por primera vez en el territorio nacional. La señora doña Ángela María Vega Benedicto, delegada Provincial de la Sección Femenina, fue de las primeras en visitar las aulas de las niñas para comprobar que funcionaban bajo los parámetros morales que la época exigía. La idea inicial de las autoridades era formar un curso exclusivamente con mujeres, pero como el número de matriculaciones no fue suficiente, hubo que improvisar organizando clases mixtas donde se mezclaban los adolescentes de ambos sexos.

La presencia de las jóvenes fue un gran acontecimiento en la escuela. Las niñas de Maestría revolucionaron la enseñanza y las formas de convivencia. Ellas fueron el primer aire auténtico de libertad que llegó a las aulas, ellas, con sus minifaldas y sus sueños renovados, imitaron las conductas masculinas y allanaron el camino hacia la igualdad.

Las niñas de Maestría iban siempre en grupo, a la hora de las clases y en el recreo. En esos ratos de descanso solían cruzar la Carretera de Granada para visitar un patio vecinal donde una mujer se ganaba unos duros haciendo bocadillos para los alumnos del centro. Con el dinero que las jóvenes se ahorraban no cogiendo el autobús, se compraban el bocadillo y juntaban para comprarse tres o cuatro cigarrillos sueltos que luego compartían en el descampado que había junto al chalet de Fernando Roda Cassinello, en la cuesta de la Cruz de Caravaca.

Para los educadores, la presencia de las muchachas en las aulas fue también un gran acontecimiento. Cuentan que uno de los profesores, don José Antonio Carvajal, debido a su timidez no podía evitar ponerse colorado cuando las niñas lo rodeaban para hacerle alguna consulta.

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