El padrón de las mujeres ‘non sanctas’
A finales del siglo XIX el nogocio de la prostitución crecía peligrosamente en Almería

Las calles del centro, como la de Solis y el Rincón de Espronceda, eran lugares idóneos para establecer casas dedicadas al lenocinio.
La prostitución no estaba permitida, pero estaba presente en la vida diaria en aquella Almería de finales del siglo XIX. Todo el mundo sabía donde había una casas de citas de tapadillo y donde se ubicaban aquellos antros de lujo donde mujeres llegadas de otras provincias y del norte de África ejercían el oficio bajo la batuta de una madame.
Almería, como dejó escrito el novelista británico Gerald Brenan en los años veinte, tenía fama por sus burdeles, negocios que estuvieron muy ligados al auge minero de la provincia y a la faena de la uva. Cuando llegaban al puerto los barcos ingleses a cargar el mineral, los burdeles permanecían abiertos durante toda la madrugada y había que reforzar el número de pupilas para atender tanta demanda.
Las llamadas casas de lenocinio ocupaban algunas de las manzanas más céntricas de la ciudad, cercanas siempre a las vías de acceso al muelle. Existía un barrio chino dedicado al negocio, que ocupaba la parte norte de la plaza del Ayuntamiento, desde la calle de Antonio Vico hasta la calle de la Viña, donde se ejercía una prostitución exhibicionista y callejera, y existían lo que se conocía como casas de pupilaje que podían aparecer en cualquier calle arropadas entre las viviendas de las familias decentes, donde se ejercía el oficio con más control, bajo la dirección de una patrona que se encargaba de la dirección del negocio y de la tutela de las muchachas. La patrona solía ser una mujer de mediana edad que conocía perfectamente todos los secretos de la profesión. Ella se encargaba personalmente de escoger a las chicas y de que pasaran rigurosamente los exámenes médicos quincenales para evitar contagios. Las casas de renombre no podían manchar su reputación con una sífilis, unas ladillas o una gonorrea, ya que podía ser su ruina.
La proliferación de casas de citas y puntos de encuentro se le escapó de las manos a las autoridades. Hubo varios intentos por parte de los gobernadores civiles de aquel tiempo de poner orden y control en el negocio de la prostitución. En el invierno de 1884 el Gobierno Civil de Almería puso en marcha una campaña para controlar las casas de lenocinio bajo el pretexto de asegurar las medidas higiénicas que la profesión requería. Una de las primeras medidas fue poner al día el llamado libro de registros de mujeres públicas. Varios empleados municipales se encargaron de ir por los barrios donde estaban las casas de citas para sacarlas de la clandestinidad y componer un censo oficial que sirviera para tener bajo la vigilancia oficial a todas las mujeres que se dedicaban a la prostitución. Una vez que formaban parte del censo, se les exigía el pago de una cuota que oficialmente se empleaba para invertirla en los gastos médicos que tarde o temprano necesitarían estas mujeres. En ese censo de mujeres públicas que hoy se guarda en el Archivo Municipal se puede comprobar como muchas de ellas ingresaban en el Hospital Provincial para ser atendidas, especialmente aquejadas de enfermedades venéreas, y como era frecuente el trasvase de muchachas entre Orán y Almería.
El ingreso en el Hospital cambiaba la vida de las que conseguían superar los contagios. Algunas no tenían otra salida que regresar a la profesión y seguir vendiendo su cuerpo, pero había otras que corrían mejor suerte: unas acababan siendo recogidas por sus propias familias que desconocían que la niña se dedicaba al oficio, mientras que otras eran protegidas por familias importantes que se encargaban de su reconversión y acababan empleándolas como criadas de la casa. Se llegaron a registrar más de treinta casas de lenocinio con cerca de doscientas mujeres censadas.
Entre aquellas mansiones destacaban algunas consideradas de lujo, célebres por tener a las pupilas más jóvenes y por disponer de las mejores instalaciones. Entre las casas de citas más prósperas estaba la de María del Mar Arias, con más de quince muchachas que ejercían el oficio en una vivienda de dos plantas de la antigua calle del Aire, cerca de la iglesia del Corazón de Jesús. En ese mismo callejón estaba la casa de Josefa Ponce, con otras quince señoritas con el sello de sanidad al día.
En el libro de registros de mujeres públicas aparecen las dueñas de las casas y las prostitutas con sus nombres y apellidos y su lugar de procedencia, así como la de las personas que trabajaban en la casa dedicadas a las labores del hogar. Resulta curioso comprobar como en algunas de ellas vivían hombres que en la casilla del censo dedicada a su profesión eran calificados de ‘maricón’. Las patronas preferían hombres afeminados en sus casas para que no se mezclaran con las pupilas.