Las aulas con Franco y José Antonio
Los retratos del Caudillo y del fundador de Falange competían en las clases con el crucifijo

Clase del maestro don José Sánchez en el colegio de Pescadería. En la pared, los retratos de Franco y José Antonio custodiaban el crucifijo.
En las clases de Historia el maestro nos había enseñado que en la época de los Reyes Católicos tanto montaba Isabel como Fernando, queriéndonos decir que se habían repartido el poder y el protagonismo a partes iguales, lo que hoy se conocería como un liderazgo compartido. Lo mismo pensábamos nosotros, los que fuimos escolares desde finales de los años 60, que sucedía con Franco y José Antonio, viendo los retratos que presidían la pared principal del aula.
El cuadro con la fotografía de Franco estaba situado a la misma altura que el cuadro del fundador de Falange. Ambos destacaban por encima de la pizarra, escoltando el sagrado crucifijo al que todos los días le rezábamos para estar en paz con las altas esferas. Recuerdo que en mi colegio jamás nos adoctrinaron con ideas políticas. No recuerdo que ningún maestro nos hablara de las bondades del Franquismo ni de la figura de José Antonio. Los sentíamos cerca porque convivíamos a diario con sus retratos, pero sus figuras, y sobre todo sus cantares de gesta, nos quedaban ya muy lejos.
Nuestros hermanos mayores, los que pasaron por la escuela a finales de los cincuenta y en los años inmediatamente posteriores, sí tuvieron que ponerse firmes en el aula y cantar el Cara al Sol y el Montañas Nevadas, pero los que vinimos detrás, los escolares de los setenta, solo conocimos aquellos retratos que el tiempo había ido coloreando de un tono amarillento.
Los tiempos estaban cambiando. Franco seguía vivo en el NO-DO y en los telediarios, pero en las calles, en ese río de la vida en el que los niños nos bañábamos a diario, la figura del dictador y de José Antonio quedaban ya tan lejanas como las hazañas de los Reyes Católicos.
Para los niños de 1970, o al menos para muchos de nosotros, el Caudillo no tenía nada de héroe. Su nombre nos sonaba a guerra y lo asociábamos siempre al hambre que pasaron nuestros padres; a las lágrimas con luto riguroso de nuestras abuelas; a los relatos del estraperlo y del hombre del saco; a la mesa de camilla con brasero donde se juntaba la familia por las noches mientras sonaba la sintonía de Radio Nacional de España; al rincón oscuro del arresto municipal donde encerraban a los borrachos que deambulaban por las calles sin oficio ni beneficio; al cuarto de los ratones donde llevaban a los niños que desobedecían al profesor; a la música militar que todos los domingos sonaba por los altavoces del estadio de la Falange antes de los partidos del Almería.
Franco sobrevivió a José Antonio en aquellos primeros años setenta en los que ya se respiraban los vientos de la Transición. En los colegios públicos, que surgieron con un aire renovador, el cuadro de Franco permaneció en las aulas, colgado como una reliquia que había perdido todo su protagonismo.
Recuerdo que cuando los niños volvimos al colegio tras la semana de vacaciones que tuvimos tras la muerte del Caudillo, en noviembre de 1975, nos encontramos con un póster presidiendo el aula donde se podía leer el testamento de Franco. La primera frase se me quedó grabada para siempre: “Al llegar para mí la hora de rendir la vida ante el Altísimo y comparecer ante su inapelable juicio...”, comenzaba el texto de aquel cartel que tuvo que compartir protagonismo en los colegios con el mensaje del Rey.
Tras el fallecimiento de Franco esa nueva pedagogía, que ya empezaba a echar raíces en las aulas, fue derivando hasta un cambio radical. Un día quitaron el pósters del testamento y lo guardaron en el cuarto de los ratones para siempre. En la pared principal de mi clase siguió colgado el crucifijo, por encima de la pizarra donde cada mañana el maestro nos regalaba una frase que era una auténtica píldora de sabiduría y de respeto a la vida.