La mujer moderna de la República
En mayo de 1931 se cerraron en Almería los colegios dirigidos por la Iglesia

Lola Rodríguez, Lola Herrera y Luisa López, tres jóvenes de los años de la República, caminando por el Paseo en 1931, con sus peinados a lo garçon.
Aquellos peinados con media melena ondulada que dejaban el rostro descubierto fueron la moda en los años treinta. El corte a los garçon, como así lo llamaban, tenía distintas modalidades, incluida la media melena y el cabello corto con rizos. Aquello fue una revolución que estallaba todos los domingos a la hora del paseo, cuando la Avenida de la República se llenaba de grupos de muchachas que parecían que habían salido de la misma peluquería. Emulaban con su corte de pelo a las actrices que veían en las revistas y en las películas sonoras que por aquel tiempo se proyectaban en las dos grandes salas que había en Almería: el Hesperia y el Cervantes.
El peinado a los garçon fue la bandera de aquel tiempo agitado donde las mujeres adquirieron un protagonismo especial en la sociedad de la mano de las nuevas ideas que quiso instaurar la República. No es exagerado hablar de revolución porque así se vivieron aquellas transformaciones que las nuevas autoridades quisieron llevar a cabo en un tiempo record, en una sociedad que tal vez no estaba preparada todavía para asumir tantos cambios y tan radicales.
En Almería, las niñas y las muchachas de 1931 vieron como de la noche a la mañana aquella educación que se había ido heredando de madres a hijas durante varias generaciones, basada en la creencia que la mujer tenía que ser sobre toda cristiana, ama de casa y esposa, se iba desmoronando, acorralada por los nuevos vientos que pregonaban el nacimiento de la mujer moderna. Mi madre, que era niña en los tiempos de la República, contaba que, de una semana a otra, pasaron en el colegio de rezar y cantarle a la Virgen antes y después de las clases, a entonar el himno de Riego.
Las estudiantes de Almería, que se criaban en la tradición de los grandes colegios religiosos, vivieron en primera persona como aquel mundo que parecía inquebrantable se venía abajo como un castillo de naipes. En mayo de 1931 las religiosas de las Adoratrices y del Servicio Doméstico tuvieron que dejar sus colegios y despedir a las alumnas que se educaban allí. Para aquella jóvenes estudiantes, fue duro ver a sus profesoras, desprovistas ya de sus hábitos, tener que abandonar las aulas donde habían desarrollado su tarea educativa. El mismo camino siguieron en los colegios regentados por las monjas de las Puras y de las Claras, que tuvieron que suspender las clases, mientras que las hermanas de la Compañía de María se vieron obligadas a abandonar el convento.
No se trataba de un simple cambio en la política educativa, sino de una nueva realidad que pretendía parir un mundo nuevo. Las autoridades de la República tuvieron prisa por cambiar el país y quisieron empezar por la educación, entonces en manos de la Iglesia. En esa nueva realidad las mujeres fueron fundamentales, había que actuar con rapidez para cambiar la mentalidad, para disminuir el número de mujeres que buscaban la solución de su vida en el matrimonio.
Habría que ponerse en la piel de aquellas familias y de aquellas jóvenes almerienses de 1931 que de golpe tuvieron que cambiar su mirada y su forma de entender el mundo. La mujer moderna que pregonaban las ideas republicanas se basaba en que la capacidad de la mujer era igual a la del hombre, y al igual que el hombre, había nacido para ser libre y gozar de los mismos derechos. “La mujer moderna debe de percibir en el trabajo su independencia sin necesidad de quedar sometida al hombre, en ocasiones en una situación de tiranía”, era una de las consignas que puso en marcha el nuevo régimen.
El objetivo era forjar una nueva ideología de la mujer para levantar sobre esta base un nuevo edificio social, toda una revolución que no tuvo el tiempo necesario para acabar triunfando.