Los hijos del cerro de las Cruces
La calle Santa Ana, al norte del Paseo de la Caridad, se llenó de familias en los años posteriores a la guerra

La calle Santa Ana, al norte del Paseo de la Caridad, se llenó de familias en los años posteriores a la guerra.
Vivían en el ático de la ciudad, en aquel universo de cuestas que bajaban desde el cerro de las Cruces y dejaban su rastro de piedras y barro cuando llegaba una tormenta. Eran hijos del cerro, de aquellos páramos al norte del Quemadero donde la ciudad se iba desdibujando y su mundo de calles ordenadas y civilización se iba transformando en suburbios. que como pequeños islotes, surgían de las laderas del cerrillo de las Cruces.
Eran los vecinos de la calle de Santa Ana, aquel rincón olvidado que se incorporó al callejero después de la construcción del barrio de la Caridad, tras la inundación del año 1891. Fueron las nuevas casas y la nueva avenida que unía el Quemadero con la finca de Fischer la que permitió que el barrio del cerro se alineara en calles y se acercara más a la ciudad. En los años treinta, la calle de Santa Ana llegó a convertirse en uno de los lugares más visitados del barrio cuando en la primavera de 1932 se instaló en ella un gran depósito para la venta de agua. Allí se despachaba el agua de la finca de Villa Esperanza, un paraje del Quemadero donde se abrió un pozo del que manaba un agua a la que se le atribuían propiedades milagrosas. Se decía que era mano de santo contra el estreñimiento y que mejoraba a los que padecían del hígado. Como la demanda fue grande se instaló un depósito para la venta en el número dos de la calle de Santa Ana con la oferta de cinco céntimos el cántaro de diez litros.
Fue en los años de la posguerra cuando la calle de Santa Ana se lleno de gente; la llegada de muchas familias procedentes de los pueblos de la provincia, en busca de trabajo, ocupó las casas vacías y obligó a construir nuevas viviendas ganándole terreno a las piedras. Había casas donde vivían dos familias y de un par de habitaciones nacía una vivienda. En los años de mayor densidad de población la pequeña calle de Santa Ana llegó a tener más de ciento cincuenta vecinos.
En esos años posteriores a la guerra civil, la calle recuperó su condición natural de suburbio aislado del centro de Almería. Los niños de la calle casi nunca se atrevían a bajar a la ciudad más allá de la plaza del Quemadero o del ‘Ave María’, que era el colegio del barrio. Todos los años, cuando llegaba el mes de diciembre, organizaban una procesión con los alumnos y las alumnas, a la que acudían los niños de la calle de Santa Ana para seguir a la imagen de la Purísima, que casi siempre era una de las niñas del colegio a la que vestían de Virgen.
Los niños de la calle de Santa Ana eran hijos del cerro, por el que se perdían en las horas que le robaban al colegio; conocían todos los rincones que rodeaban al cortijo de Fischer, los senderos que llevaban a la Molineta, el polvorín donde los soldados custodiaban la pólvora.
Solían frecuentar también el lavadero de Rosica, donde estaban los pilones en los que las mujeres hacían la colada; y la finca de Pepe Pozo, que también tenían sus pilas de piedra para lavar. El señor Pozo era un importante constructor de Almería que empezó comprando unas cuevas entre el camino de la Fuentecica y la calle de Santa Ana y terminó por construir toda una manzana que llevó su nombre.
La calle de Santa Ana era un rincón humilde de familias trabajadoras. En ella se criaron los hermanos Barrilado. El padre, José López López, dejó su pueblo, Lucainena, para venirse a la ciudad, donde empezó trabajando en la panadería del Cañón y acabó de albañil antes de emigrar a Badalona. Había vecinos de todos los oficios. Los hermanos Gómez Pages eran panaderos; Carmen Valverde y Nieves Soler se ganaban un sueldo cosiendo para la calle; Antonio Oña tenía un carro con el que transportaba todo lo que los clientes le pidieran; María Iribarne y Ana Carrillo trabajaban de lavanderas...
La calle apenas tenía luz y la poca que había se iba con el viento. A las casas no llegaba el agua potable y el váter era un agujero en un rincón del patio, frente al gallinero y las conejeras.