Santa Lucía y el milagro de los ciegos
La patrona de los ciegos salía a la calle cada 13 de diciembre para que los invidentes le rezaran implorando sus poderes

La imagen de Santa Lucía a las puertas de la sede de los ciegos, cuando estaba en el número 27 de la calle Obispo Orberá.
La imagen de Santa Lucía apenas destacaba entre las cabezas de los devotos. Era tan pequeña que pasaba desapercibida cuando en la tarde del 13 de diciembre salía a la calle y era paseada delante de la sede de la organización de ciegos. Aquella niña a la que una leyenda la había convertido en mártir, era la esperanza de los enfermos que habían perdido la vista y que todos los años salían al encuentro de la santa para pedirle el milagro que los médicos no podían obrar.
Siempre tuve la sensación de que había muchos ciegos en la Almería de mi niñez. Recuerdo a aquellas mujeres enlutadas que venían desde el barrio de la Chanca buscando el centro, que caminaban con dificultad agarradas al hilo de vista que les quedaba a y al brazo de un familiar que hacía de lazarillo. Recuerdo al ciego de los Iguales que todas las tardes se paraba en la puerta de mi casa y voceaba los motes de los últimos cupones que le quedaban por vender. Aquella cantinela se me quedó grabada para siempre: “Me queda el matrimonio, el gato, la muerte, la jarra cuca”, pregonaba, buscando que un alma caritativa le arreglara la venta del día.
Almería estuvo marcada históricamente por las enfermedades de los ojos. Después de la guerra civil, una de las primeras medidas de las nuevas autoridades, además de la lucha constante contra el hambre y contra la tuberculosis que tantas vidas se llevaban por delante, fue concienciar a la población de la importancia que tenía la higiene para frenar la plaga del tracoma. En el diario Yugo salió publicado durante varios días un comunicado dirigido a la población que decía: “El tracoma es una enfermedad tan grave que conduce muchas veces a la ceguera. Lávate los ojos todas las mañanas”.
En esos primeros años de la posguerra se abrieron al público tres nuevos dispensarios: uno en la calle Trajano, otro en el Instituto Provincial de Sanidad y un tercer centro sanitario en el corazón de Pescadería, en el local del Pósito de Pescadores, donde se llegaban a realizar más de tres mil curas mensuales.
Fue fundamental la labor que en el barrio realizaron las Hermanas de los Pobres. Las monjas prestaban un impagable servicio social, aliñado con un trato familiar y cercano que hacía que su labor fuera imprescindible para todas aquellas familias pobres que en su mayoría no tenían recursos para enfrentarse a tareas cotidianas y sencillas como rellenar un documento o solicitar la visita de un médico.
También fue fundamental la labor que desempeñó la organización de ciegos, batallando para adecentar el oficio de sus afiliados, la mayoría personas con graves problemas de visión que no habían tenido la oportunidad de ir a la escuela y no sabían ni leer ni escribir. Aprendían lo justo para poder identificar los números que vendían por las calles, en una época en la que todavía era una costumbre muy extendida pregonarlos a viva voz con sus correspondientes motes, lo que no era del agrado de muchos vecinos que se quejaban de aquellas escenas de los ciegos gritando por las calles resultaban groseras y grotescas.
La organización acentuó su interés por la educación de los vendedores y creó una escuela de adultos que estaba a cargo del profesor ciego don Arturo Huertas, que se encargaba de las clases. El centro funcionaba a diario entre nueve y once de la noche y la enseñanza de la lectura y la escritura se hacían a base del sistema Braille. Se habilitaron también clases de música: solfeo, guitarra, bandurria y laúd, bajo la dirección de don Antonio Almoguera Melgarejo, que unos años después se convertiría en el director de la rondalla de la Organización Nacional de Ciegos.
En aquel tiempo estaban en pleno funcionamiento las escuelas de niños y niñas en las que recibían educación los lazarillos y los hijos de los afiliados, y se amplió la cobertura con la creación de una escuela exclusiva para niños ciegos, que estaba abierta de lunes a viernes de once de la mañana a una de la tarde.