El anís con limón que purificaba
De vez en cuando, nos daban un vaso de anís con unas gotas de limón en ayunas porque decían que purificaba la sangre

Era costumbre entre los hombres comenzar el día con una copa de coñac o un vaso de anís con limón para desintoxicar el cuerpo. En la imagen, grupo de amigos ‘desayunando’ en Los Espumosos.
Entre los remedios caseros que mejoraban algunos aspectos de la salud, recuerdo el de la yema de huevo con vino dulce y el del anís con unas gotas de limón. El primero, el del huevo, era utilizado de vez en cuando por las madres de antes cuando veían que sus hijos no comían con ganas, que vivían con el apetito distraído y con una delgadez que no parecía saludable.
Al contrario de lo que ocurre ahora, un niño delgado era el presagio de una enfermedad, según la creencia de aquel tiempo. Por eso, cuando una madre veía que el niño estaba más en los juegos de la calle que en el plato de comida y que le hacía falta coger algunos kilos, recurría al viejo recurso del vaso de vino dulce reforzado con una yema de huevo.
Casi todos teníamos en la despensa de la cocina una de aquellas botellas de quina Santa Catalina, que las madres veneraban como un remedio infalible. Era un vino, con sus grados de alcohol reglamentarios, pero que con la estampa de la santa en la botella parecía inofensivo, hecho para niños. Es más, en el anuncio de televisión salían unos chiquillos cantando aquello de “Queremos quina, Santa Catalina”.
La ceremonia se celebraba un rato antes del almuerzo, que era la comida principal del día. Se sacaba el vino dulce del armarico, se echaban dos dedos en un vaso y sobre aquel sagrado néctar se lanzaba una yema de huevo crudo, que enmascarada en el dulzor de la quina se digería más fácilmente. Conozco algunos casos de niños que llegaron a aborrecer el vino dulce y los huevos por culpa de aquellos experimentos.
El otro recurso casero que parecía un buen remedio para mejorar la salud era el de mezclar unas gotas de anís dulce y limón para tomarlo en ayunas. Solía utilizarse a comienzos del invierno, cuando empezaba a cambiar el tiempo y era conveniente reforzar las defensas y prevenir los resfriados. Se decía entonces que el anís con limón tenía propiedades milagrosas ya que purificaba la sangre. Como nadie había venido a demostrarnos lo contrario, fuimos muchos los niños de aquel tiempo que antes de desayunar probábamos aquel remedio que al menos nos levantaba el ánimo antes de ir al colegio.
Las copas mañaneras eran una tradición que estaba muy arraigada en el mundo laboral, sobre todo en aquellos sectores en los que había que madrugar. En mi barrio, el hoy famoso bar Montenegro, que entonces era una bodega, pura y dura, abría todos los días a las cinco de la mañana para aprovechar el tirón de los trabajadores que pasaban para el puerto y mucho antes de que el sol apareciera en escena se metían en el cuerpo su copa de anís o de coñac, antes incluso que la taza de café. En aquel tiempo nadie había oido hablar de desayunos saludables aún, ni de tostadas de pan integral con aceite de oliva virgen extra y aguacate. Los obreros del puerto, los albañiles, los currantes, en definitiva, empezaban la jornada con su copa correspondiente para levantar los ánimos y hacer frente a la dura jornada de trabajo con otro talante.
A las cinco y media de la madrugada la bodega Montenegro se llenaba con los barrenderos que tenían su cuartel general en las instalaciones de la perrera, detrás del Ayuntamiento, y que antes de engancharse al carro y a la escoba pasaban por la barra del bar para cargar combustible. Recuerdo, aquellos madrugones fatídicos, cuando tenía que echarle una mano a mi padre en la alhóndiga, en los que me tomaba un vaso de leche en el bar La Goleta, una barraca por la que pasaban antes del amanecer los asentadores y los compradores de la alhóndiga. En aquel ambiente de gente curtida por los madrugones, en aquella atmósfera ruda de cargadores, yo me sentía pequeño, insignificante, con mi humilde vaso de leche y mi magdalena, en medio de aquella atmósfera saturada de humo, coñac y anís. A veces me quedaba mirando a aquellos hombres que de un trago se enchufaban en la garganta una copa de alcohol como si fuera agua.